La crisis y el repunte de la vida religiosa

Animaciones, dinámicas de grupo, conferencias, todo es poco para incitar a la juventud a la llamada de Dios. Sin embargo, cada vez se apagan más las congregaciones religiosas en nuestra sociedad. Según datos de Religión en Libertad, cada día y medio muere una comunidad religiosa. Son ya 341 casas de religiosos en España que han dado el cierre. Sus conventos inevitablemente, junto a sus iglesias pasaran a formar parte de hostales, performances y saraos de todo tipo.

Es una lástima pero al parecer la vida religiosa tras el Concilio ha sido un estrepitoso fracaso. Se mantienen las vocaciones en un repunte bajísimo. Y volvemos a lo de siempre, al analizar causas y consecuencias, nos queda la sensación de que la excesiva componenda con el mundo ha hecho perder el deseo de santidad que animaba a las congregaciones en sus inicios. Un activismo febril que ha llevado a la creación de miles de ONG relacionadas con los religiosos y religiosas. Una parte del Reino la de los pobres que ha sido colmada con sangre, sudor y lágrimas. Sin embargo, ser cooperante es lo máximo que consiguen estas congregaciones. Cooperante durante cierto tiempo, no consagrado al cien por cien al Reino.

Hay un choque cultural entre el evangelio y el mundo. Hay una realidad abismal que hace que los mismos Institutos religiosos sean el caladero de los votantes de Podemos, con un deseo imperioso de transformar el mundo, de solucionar las injusticias, de comprometerse con los más desfavorecidos. Pero con poco deseo de salvar almas, de cambiar el corazón egoísta y vanidoso que nos agobia, con poco deseo de orar para transformar la realidad según la voluntad de Dios.

Nos convertimos en meros transmisores de una fe ancestral que ya no conecta con la juventud. Y nos preguntamos cómo llegar a sus corazones. La realidad es que mientras insistamos tanto en que hay que trasformar el mundo, sin cambiarnos interiormente, poco o nada se podrá hacer.

La realidad se empeña en que la sociedad actual ha dado la espalda a Dios. Y si Dios no te llama interiormente, nada se puede hacer para trasmitir la fe. Que no olvidemos que es un don en el que sólo somos meros mediadores.

La agonía de la vida religiosa puede repuntar con comunidades vivas y comprometidas con su entorno social, con tiempos fuertes de oración y de encuentro comunitario. Y volviendo a suscitar el deseo de santidad en los corazones. El deseo de agradar a Dios con una vida donde la oración sigue siendo el motor que mueve la comunidad.

Estoy segura que el mudo con su caótico vaivén progresa de acuerdo con la voluntad de Dios, que avanzamos hacia tiempos mejores. Sabemos que las bienaventuranzas son el crisol donde resplandece nuestra fe y en ellas nos debemos ver reflejados. No cabe lugar para la desesperanza, los caminos de Dios tienen su tiempo y su momento. Si ha decidido que la vida religiosa que conocíamos desaparezca, florecerán otros pétalos en el jardín de las vocaciones. Seguirán otros ritmos, mantendrán otros carismas, reinventarán como supieron hacer los santos el camino que hay que seguir.

Acerca de Carmen Bellver

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