Cuando los católicos votan a Podemos

Se solía decir que en la transición parte de católicos comprometidos votaban a las izquierdas. Y es que la fe no puede ser una ideología, pero tiene un componente ético y moral que nos hace optar por un camino u otro. La defensa de los más oprimidos ha sido la máxima de la teología de la liberación y por tanto, hemos tenido ideología a fuerza de optar por los más débiles. Hemos caído en la defensa de unos valores economicistas de talante socialista, donde el reparto de los beneficios iba en proporción a paliar las necesidades de la mayoría. Dejarse arrastrar por esta quimera estaba bien, forma parte de todo ímpetu juvenil de transformación de la sociedad. Sin embargo, por el camino hemos olvidado los verdaderos valores del Evangelio.

Pongamos por caso que Jesús no hacía acepción de personas, igual comía con publicanos que con pecadores, era invitado a la mesa de los ricos, y no hacía ascos a sus viandas. Su prioridad era la persona que tenía enfrente. Hoy la lucha de clases sigue siendo una pandemia, la mayor parte del capital está en manos de unos pocos, la dictadura financiera es un hecho constatable, la política apenas una juego de bambalinas. Por eso hay mucho abducido respecto a qué votar o qué creer. La política es un virus que se incuba gracias a las proclamas de sus señorías, la realidad se empeña en desmentir sus palabras una y otra vez, pero eso no importa porque la teoría de lo gobeliano es un hecho consumado.

Sin embargo, cualquier cristiano debería tener claras unas ideas concretas. No sólo que hay que ocuparse de la redistribución de la riqueza universal, que hay que beneficiar al estado de bienestar, sino también que la transformación personal es mucho más radical que la del blablabla. Y en esa transformación entra en juego la defensa de los derechos de los más desfavorecidos, que en este caso son el ser más débil, abortado sin escrúpulos por una sociedad herodiana; la defensa y los derechos de los niños, delegados a una jurisdicción permisiva que en justicia no defiendo el derecho a tener un padre y una madre al menor. Entramos a cuestionar la libertad de proclamar que no queremos un imperio donde domine el lobby gay y se inmiscuye en la educación de nuestros hijos; entramos en que las leyes como en tiempos no tan lejanos, no son justas por necesidad, sino tan sólo acuerdos que nos obligan a todos, aunque estén muy lejos de la verdadera libertad. La libertad de culto, la libertad de educación, la libertad incluso de expresión. Tantas veces negada y vilipendiada por no coincidir con el imperio de la ideología dominante.

Estamos en una época de transformación social donde, uno al votar, al menos debe contemplar quienes defienden los derechos de la libertad religiosa, del derecho a la vida, del derecho a la educación según nuestras propias convicciones. Por eso, nunca podremos votar a aquellos que están en contra de todo lo que mencionaba más arriba, por mucho que les caigan babas hablando de los pobres y de los más necesitados. Son en puridad un amago de estado totalitario que nos lleva a los peores recuerdos del siglo XX.

No tengo recetas para estas elecciones, siempre he dicho que hay que orar mucho, porque la realidad se está convirtiendo en una bomba de relojería, donde España puede quedar destrozada por la simpleza de unos jovenzuelos que solo tiene utopías en su cabeza y poco sentido común en sus estrategias. La regeneración viene de una moral que se está quedando encerrada en los armarios del cuarto trastero. Unos principios que van siendo sustituidos por la zafiedad, la corruptela y el mucho más merezco yo.

Por eso ante este 26 J hay que pensar bien que los pactos definirán durante un tiempo aquello que ya hemos visto en ciertas capitales de provincia. Y que ha sido un sinsentido global que nos lleva al sumidero.

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Acerca de Carmen Bellver

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