Vida y santidad

En tiempo estival siempre hacemos acopio de lecturas, os pongo un fragmento del libro que estoy releyendo: Vida y santidad de Thomas Merton editorial Sal Terrae.

“Nuestra respuesta a esta llamada de Cristo no consiste en decir muchas oraciones, hacer muchas novenas, encender velas ante las imágenes de los santos o comer pescado los viernes. No consiste simplemente en oír misa o en realizar algunos actos de abnegación. Todas esas cosas pueden ser muy buenas, vistas dentro de todo el contexto de la vida cristiana. Separadas de dicho contexto, sin embargo, pueden quedar desprovistas de significado religioso y ser meros gestos vacíos.

Nuestra respuesta a Cristo implica tomar nuestra cruz, lo cual, a su vez, significa cargar con nuestra responsabilidad de buscar y hacer en todas las cosas la voluntad del Padre (Hb 10, 58; Lc 2, 49; Mt 26, 42; Jn 5, 30, etc). Así también Cristo dice a todos los cristianos: “No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21).

Por ello, toda nuestra vida debería estar centrada en la voluntad del Padre, la cual queda clara e inequívocamente expresada en la ley que Dios nos dio, resumida en los diez mandamientos y epitomizada del modo más perfecto en el gran mandamiento único de amar a Dios con todo nuestra mente y nuestras fuerzas, y al prójimo como a nosotros mismos.

Pero, ahora que Cristo ha entregado su propia vida y ha resucitado de entre los muertos para tomar posesión de nosotros por su Espíritu, este mismo Espíritu, que habita en nosotros, debería ser nuestra ley. Esta ley interior, la “nueva Ley”, que es puramente una ley de amor, se resume en la palabra “filiación”. “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace grita: ¡Abbá, Padre!” (Rm 8, 15).

El Espíritu Santo no deroga la antigua Ley, el mandato exterior, sino que hace interior esa misma ley para nosotros, de tal forma que el cumplir la voluntad de Dios ya no resulta obra del temor, sino de un amor espontáneo.

De ahí que el Espíritu Santo no nos enseñe a obrar contrariamente a los dictados familiares de la ley. Al contrario, nos conduce a la más perfecta observancia de la Ley, al cumplimiento amoroso de todos nuestros deberes en la familia, en nuestro trabajo, en el modo de vida que hayamos escogido, en nuestras relaciones sociales, en la vida civil, en nuestra oración y en la íntima conversación con Dios en la profundidad de nuestras almas.

El Espíritu Santo nos enseña no sólo a cumplir activamente la voluntad de Dios tal como el precepto nos lo indica, sino también a aceptar de buen grado la voluntad de Dios en los acontecimientos providenciales que escapan a nuestro control.

La perfección, pues, es cuestión de fidelidad y amor: fidelidad, ante todo, al deber; luego, amor a la voluntad de Dios en todas sus manifestaciones. El amor implica preferencia, y la preferencia exige sacrificio. En la práctica, pues, la preferencia de la voluntad de Dios significa poner a un lado y sacrificar nuestra propia voluntad. Cuanto más renuncie el cristiano a su propia voluntad de Dios con sumisión amorosa y confiado abandono, tanto más unido estará a Cristo en el Espíritu de la filiación divina, tanto más verdaderamente se mostrará como hijo del Padre celestial y tanto más cerca se hallará de la perfección cristiana.”

Os recomiendo el librito de apenas 140 páginas, que viene bien leer en tiempos donde el cristiano olvida que su misión es la santidad, sabiendo que ésta procede de la gracia de Dios, pero a la que debe aspirar con sencillez

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Acerca de Carmen Bellver

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