Con el corazón en Niza, caminando en la cuerda floja

Conmovida por el atentado en Niza, en esta guerra sin cuartel que el terrorismo islámico ha desatado por todo el mundo. En una aldea global interconectada como la nuestra el goteo de desgracias acometidas por la mano del hombre, nos envuelve en la bruma de la duda. ¿Por qué el Señor permite tanto daño?. Son las sacudidas normales de cualquier ciudadano medio. Pero para un cristiano la esperanza es una virtud teologal. Y sabemos que la victoria del Bien sobre el Mal es ineludible. Mientras tanto nos toca convocarnos al rezo y al trabajo cotidiano en pro de la paz.

Esta actitud está siendo adoptada en múltiples lugares del mundo y nos da un soplo de aire fresco en el rostro. No todo está perdido cuando tantos claman día y noche. Por algún recodo se abrirá la puerta a una solución. Bien sea porque el propio pueblo musulmán encuentre su propia revolución interna que lo separe del fanatismo radical. Bien sea porque las fuerzas del orden acometen su trabajo, sabiendo muy bien, que el golpe puede venir de modo imprevisto, como está sucediendo.

En esta lucha sin cuartel contra el islamismo más radical, cabe también que al final, Dios no lo quiera, se tengan que recortar libertades en nombre de la seguridad. Lo cuál en sí mismo ya sería un fracaso de la democracia. Pero en tiempos de guerra, las coordenadas para solucionar problemas son diferentes a los tiempos del diálogo y la paz.

Aquí no existe posibilidad de razonar. Sólo saber que estamos en manos de unos fanáticos sin escrúpulos, hace crecer la islamofobia. Es lógico que se impida circular con el burka en Suiza, como es lógico que se sometan a la ley de la reciprocidad por parte de Noruega que no quiere mezquitas en su país porque los musulmanes no admiten la construcción de iglesias cristianas.

Podríamos hacer un inciso en nuestra bonita democracia, para prohibir mezquitas al culto musulmán de forma generalizada en toda Europa. Pero eso volvería a ser un fracaso de la democracia, una contradicción a nuestras leyes que permiten la libertad de culto. Sin embargo vuelvo a decir que estamos en tiempos de guerra y las batallas no se ganan solo con la buena voluntad.

Cuando la gente se dé cuenta de esta realidad, puede que tengamos un grave problema de convivencia en nuestras ciudades, llenas de islamistas pacíficos que funcionan como células durmientes a la espera de la voz de su líder.
En el pasado la solución fue expeditiva, se dividió el mundo entre cristianos y musulmanes y se enfrentaron duramente por la conquista de territorios. Esa guerra religiosa en una sociedad laica como la actual, no tiene sentido. Pero puede que el fanatismo de unos lleve al fanatismo de otros, perjudicando la libertad de culto.

Por lo pronto, la convivencia llega a extremos absurdos, como solicitar piscinas para mujeres musulmanas o exigir que dejen de sonar las campanas de las iglesias. Esto no es una broma, sino la realidad de lo que sucede en algunos puntos del mundo, bastante cercanos a nuestro país. Por eso, insisto que hoy estamos en la cuerda floja, caminando con peligro mortal a todas horas. Y sólo Dios sabe cómo va a finalizar esta historia.

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Acerca de Carmen Bellver

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