En memoria del 18 de julio de 1936

Calor sofocante, día de San Federico. Lorca ya está en su destino intentando ponerse a salvo de lo que acontecía en Madrid, buscaba un sitio tranquilo, su finca en la Huerta de San Vicente. Pensaba que como en casa nada, pero tuvo que protegerse de la hordas nacionales en casa de los Rosales, falangista de pro. Sin embargo, eso tampoco le salvó la vida.

Y en ese tórrido verano las escenas de terror se repetían a un lado a otro en España. Iglesias quemadas, conventos asaltados, sacas de noche con premeditación y alevosía. Todo el miedo en el cuerpo. El largo verano del 36 el alzamiento contra un Frente Popular que no sabía gobernar a la nación inició una matanza sin precedentes.

Se abren ahora cunetas tras la búsqueda del pasado. Se eleva a mito a la II República como si aquello hubiera sido una fiesta nacional. Se olvidan a muchos historiadores por el camino que vienen explicando lo que aconteció aquel estío de plomo. No es baladí recordar la intentona de la Revolución del 34 truncada por el Gobierno. Ni que también en ese Frente Popular había un enfrentamiento entre socialistas, comunistas y anarquistas. Todos ellos con su idea diferente de España que querían marcar a fuego.

El asesinato del teniente Castillo y el de Calvo Sotelo, son precursores de lo que acontecía en esa República bananera, antes de que se llevara a cabo el alzamiento. Un golpe militar que se convirtió en guerra civil. Un enfrentamiento entre hermanos que sacó lo peor de cada uno y lo mejor de muchos otros que fueron llevados como corderos al matadero.

No se puede ser parcial en este tema. Se ha magnificado tanto la República que se olvida la masacre civil de la retaguardia, gente indefensa que era llevada al paredón por no renunciar a sus creencias. Yo me sé las dos versiones la de la zona nacional y la de la republicana. Y válgame el cielo que no hay ni comparación con lo que sucedió en la parte republicana.

Lo han dicho muchos historiadores, la vendetta fue generalizada, pero el odio a la fe quedó patente con las quemas de conventos e iglesias, archivos y patrimonios nacionales que se perdieron irremisiblemente. No se pueden abrir las cunetas para recordar sólo a una parte de la historia. Cuando el tiempo se había ocupado de poner a cada cual en su lugar, vino la mal traída Ley de la Memoria Histórica, para enlodazar más las páginas de esa historia.

Hoy esperamos que nos cuenten en las escuelas la verdad, no la parcialidad que se vende en algunos noticieros. Como todas las leyendas negras a Franco le ha tocado cargar con más muertos que a nadie. Sepultada una buena representación en el Valle de los Caídos en memoria de lo que nunca se debe repetir, hasta allí llegan las quejas, cuando los monjes que habitan esa cripta oran día y noche por las víctimas de esa contienda.

Hay que dejar que sean los historiadores quienes cuenten las cosas, pero los hay muy parciales, que solo recuerdan a los suyos y no a todos, como debiera ser. Mientras unos revuelven huesos otros elevan a los altares aquellos que dieron su vida por ser fieles hijos de Dios y no renunciar a sus creencias. Tal vez pueda escribirse una historia de alguien que renunciase a su fe, a sus votos, pero no fue así. No consta que exista tal cosa, murieron gritando ¡Viva Cristo Rey!. Como antes en México lo habían hecho los cristeros, pero sin sangre en sus manos, con la palma del martirio como único equipaje y perdonando a sus verdugos.

Algunos hay que cuentan las represalias en el lado nacional, como el hispanista Ian Gibson. Algunos otros como Pío Mora cuentan la otra versión. La de una revolución que se quiso hacer por encima de la voluntad popular y que terminó en un sangriento enfrentamiento. Dios no permita que vuelva a repetirse.

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Acerca de Carmen Bellver

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