Jóvenes de Alepo celebran la JMJ

Sin duda hay dos imágenes de la Jornada Mundial de la Juventud que van a quedar grabadas en mi memoria. El silencio orante del Papa Francisco en la celda de Auschwitz donde murió San Maximiliano Kolbe y la alegría desbordante de los jóvenes sirios de Alepo celebrando a su modo esta jornada que convoca tantas esperanzas.

La reflexión profunda de Auschwitz ha sido la del silencio, ese silencio de Dios que muchos increpan cuando recuerdan las atrocidades perpetradas en estos campos de la muerte y la sin razón. Un silencio orante, venerando cada piedra, cada poste, cada lugar; allí donde estaban los hornos crematorios, allí donde eran ejecutados los prisioneros. El silencio es la respuesta del Papa y es un silencio orante, con unas escuetas palabras escritas desde el anonadamiento en el libro de visitas: “Señor, ten piedad de tu pueblo. Señor, perdón por tanta crueldad”.

Y entre los escombros de Alepo esa ciudad castigada por las bombas y la guerra surge la figura de una juventud vital y apasionada que celebraba las Jornadas del Papa y que se une a los jóvenes que están en Polonia. Dos imágenes impactantes.

No sé si el número de personas que ha acudido a esta jornada es mayor que el de otras convocatorias. Pero eso carece de importancia, porque lo que ha demostrado el evento es que se puede festejar desde el mismo infierno, orar y celebrar siguiendo los pasos de Francisco, el Papa que increpa a los jóvenes e interpela a todo creyente, que nos invita a salir de la comodidad y servir a los demás. “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. Una fuerte frase de muchas lecturas, escueta y profunda. Como tantas otras que ha ido desgranando el Papa en su viaje.

Me quedo con ese sacudir al personal para que despierte de su letargo, para que reaccione ante el mundo implicándose en las zonas de periferia, donde se es más necesario. Me quedo con esa llamada de atención a los sacerdotes y religiosos para que tampoco sean funcionarios de lo sagrado, para que sacudan sus zapatillas y salgan ligeros de equipaje.

Pero sobre todo guardo como oro precioso en la retina la figura de los jóvenes de Alepo, a quienes desde aquí rindo un sentido homenaje, por su valentía al reunirse y celebrar estas jornada entre las ruinas de su ciudad. Si ellos no tienen miedo de manifestar su fe, el mundo está en buenas manos. Hay esperanza de que estas juventud forje una civilización más humana y fraterna.

En este día de San Ignacio hombre de fe y de batallas la respuesta de un jesuita hacia el mundo es que a la guerra se la vence con la fraternidad. “Frente a lo odio la división y el consumismo hay que construir puentes”. Dios sabe qué deseos de unión hacen brotar estas palabras del Papa Francisco. En ellas se resume el Evangelio de la misericordia que va predicando por allí por donde pasa.

Una jornada más de la juventud, un festival de la fraternidad multicolor, mundial, universal. Que Dios quiera que tenga muchos frutos en esta sociedad enferma de tantas lepras y codicias en las que Jesús nos muestra en su evangelio de hoy que no podemos tener el corazón puesto en aquello que es fútil y frágil. Sino precisamente en lo que importa de verdad, en la construcción del Reino.

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Acerca de Carmen Bellver

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