No temas, pequeño rebaño”

Impresionante el Evangelio de este domingo. “Allí donde está vuestro tesoro estará también vuestro corazón”. Y no se para en componendas, nos da una hoja de ruta para seguir los pasos que llevan al encuentro con el Señor. ¿Cuántos tenemos la cintura ceñida y encendidas las lámparas preparados para ese encuentro?.

Supongo que no pensamos nunca que cuando menos lo esperemos tendremos que rendir cuentas de nuestros actos y omisiones. Es más fácil seguir el devenir diario, que pararse a meditar sesudas cuestiones escatológicas. Sin embargo hoy en este verano del 2016 el Evangelio nos devuelve a las preguntas últimas de la vida. Y lo hace como siempre devaluando las posesiones de la tierra: “Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla”.

Confieso que sólo sé ponerme en manos del Padre, porque no soy capaz de tener en mi corazón la piedra preciosa por la que lo demás ya no importa. Sin embargo confío por la misericordia de Dios que éste me guíe por sus sendas. Y así, una vez más, vemos la gran distancia que hay entre ser cristianos de corazón y serlo sólo de domingo y fiesta de guardar. Afortunadamente predicamos una religión de esperanza incluso para quienes estamos tan lejos de vivir sus enseñanzas. Predicamos una religión de amor, pese a que nuestros egoísmos nos hagan vivir hacia adentro. Y pedimos a Dios que nos enseñe a saber desprender lastre de nuestras vidas, para poder ascender hacia lo que realmente importa.

El inicio del Evangelio no puede ser más esperanzador:” No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. Lo tenemos ya aquí en este mundo caótico y confuso. Lo tenemos precisamente para hacerlo más habitable y fraterno.

La segunda lectura de la carta a los Hebreos nos habla de la fe, “fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve. Y aquí se nombran los grandes padres de esa fe que supieron actuar confiando en la promesa.Mantengamos la cabeza fija en esa promesa del Reino que se nos da aquí y ahora para servir a los demás. El misterio del cristiano es un misterio de servicio y amor. Su fe es una fe de obras que le lleva a la transformación interior. Su deseo está por encima de sus propias mezquindades, porque confía que Dios se apiada de quien clama día y noche para ser un siervo fiel.

Que no nos desanime nuestra debilidad, puesto que como bien decía San Pablo “cuando soy débil es cuando soy más fuerte”. Nuestra debilidad puesta en manos de Dios puede hacer grandes cosas, la pequeñez y la mediocridad ofrecidas a Dios pueden ser puente que lleve hace lo mejor de nosotros mismos. Feliz domingo.

Acerca de Carmen Bellver

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