Derecho al aborto

No es algo que me guste recordar, porque obviamente me pesa de algún modo. El aborto en caso de malformaciones o violación eran los supuestos que más conflicto de conciencia me producían. En ellos primaba el derecho de la madre a decidir por encima de cualquier otra consideración. No cargar pesados fardos a los demás era la consigna para resultar permisiva frente al aborto. Sin embargo, los años han pasado, la ciencia avanza, los métodos anticonceptivos están presentes en la sociedad y, pese a todo, el aborto arrolla a su paso como una lacra social. No se trata de supuestos dramáticos, aunque ya es en sí un drama decidir deshacerse de un ser vivo. Se trata de que se ha convertido en un derecho.

Y cuando hablamos del derecho a decidir por parte de una mujer, estamos sepultando a un ser humano entre sus garras. Por eso soy pro vida. No puedo admitir que se trivialice un derecho fundamental del ser más débil, por encima de otro derecho que ahora se ha convertido en ley. Explicarme a mí misma que hace años la sociedad admitía la esclavitud como algo normal o la pena de muerte, me incita a confesar que hoy se está produciendo un genocidio silencioso en la sociedad sin que nadie se perturbe, porque es un derecho social. El asesinato en el vientre de su madre de un ser vivo, produce verdaderos escalofríos si se medita con rigor.

Las largas manifestaciones pro vida, se difuminan. Las protestas contra una ley asesina se silencian. La sociedad prosigue adelante imperturbable como un Herodes cualquiera, dispuestos a dejar que esta realidad perviva en nuestra sociedad, a nuestro alrededor, sin que se inmute ni conmueva nuestro corazón. Y son seres humanos desechados y reutilizados por la industria, convirtiendo sus sacrificadas carnes en fuente de beneficios para los poderos lobbys del aborto.

El mal hunde sus raíces en la sociedad y la corrompe hasta la médula. Podemos convivir con la muerte con total indiferencia y llorar la de un perro atropellado en un arcén. En definitiva lo que no vemos no existe, aunque la atroz realidad diga que desde 1985 han dejado de nacer en España 2,6 millones de niños. La cifra de abortos anuales llega a superar los 244.000 seres aniquilados. Es como para echarse a temblar. Y no me extraña que muchos se pongan a rezar el rosario frente a las clínicas de la muerte. Una oración por esas vidas sesgadas es el acto de mayor caridad que se puede hacer a favor de la vida.

Con el tiempo veremos que algunas leyes aprobadas no son positivas para la sociedad, aunque se hayan convertido en derechos para algunos. Con el tiempo lo que hoy se ve con naturalidad se analizará como la debilidad moral de occidente, el endiosamiento de la ciencia relegando la ley natural al cubo de la basura. La crisis de la sociedad nos pasará factura. No les quepa la menor duda.

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Acerca de Carmen Bellver

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