Los principios irrenunciables del amor

Ciertamente eso de impartir bendiciones en el nombre de Dios está muy bien, pero que muy bien. Aunque mira por dónde Jesús también maldijo una higuera que no tenía fruto. Lo digo por aquellos que hacen de la misericordia vaselina para todo. Y se olvidan que el Catecismo reúne los mejor de la Tradición y del mismo Evangelio, con citas a pie de página y versículos que se refieren a eso que algunos bendicen con inusitada frescura. Y no es por volver a hablar del cura de Onda que para mí ha perdido el oremus.

Yo admiro lo que es el amor entre seres humanos, la más alta expresión de intimidad me parece, en cambio, que está por naturaleza destinada para un hombre y una mujer. De manera que aquellos del mismo sexo que se aman, deben según la Iglesia vivir la continencia. Con ayuda de Dios por supuesto. La gracia obra milagros inusitados, es capaz de cerrar el televisor cuando las escenas suben de tono y no consumir pornografía que excite la libido. Y así el sexo que es una manifestación de amor entre un hombre y una mujer, no se convierte en película X.

Pero claro, en un mundo que tiene como best seller Cincuenta sombras de Grey, poco se puede esperar de la continencia y la castidad amorosa, cuando la exhibición y la pura pornografía llena páginas y páginas para exacerbar el morbo del personal. O cuando la pantalla cinematográfica recoge la obscenidad como séptimo arte.

Pensaba, con sinceridad, en los tiernos amantes puros y platónicos. A los que la Iglesia llama a la castidad, como a todo hijo de vecino que no se encuentre unido en santo matrimonio. Y luego me decía a mí misma que el amor natural no puede darse contra natura, porque éste lo que hace es fomentar el placer de manera un tanto artificiosa. Pero eran disquisiciones a cuento de esa mal llamada cópula falsa que cualquier homosexual padece.

Por eso admiro a quienes sintiendo atracción por el mismo sexo, tienen los suficientes bemoles para resistirse al matrimonio y a la adopción de menores, por entender que lo que es obra antropológica del ser humano no merece arrastrarse por el lodazar de una sexualidad desviada.

Claro que también tenemos sesudos teólogos para bendecir el placer y todos sus goces como frutos de la bondad de Dios. Para gustos colores. Aunque a mí me llama la atención que en el Evangelio se perdone el adulterio siempre que no se tenga intención de volver a pecar. Digo yo, que lo mismo debe suceder entre dos hembras o dos machos alfa que para el caso da igual.

Pero no me hagan mucho caso, porque de estas cosas entiendo lo elemental. Que el matrimonio está hecho para un hombre y una mujer y que los niños tienen derecho a un padre y una madre, diversidad que afecta a todas las especies, aunque ya sé que alguno hablará de la homosexualidad del reino animal. Que para eso están muy cultivados, pero me da que se trata de casos de bisexualidad, más que de homosexualidad.

Algo que también se da en nuestra especie, porque los hay que tienen intención de probarlo todo, ya saben la mieles del placer son hijas del marqués de Sade y en esas andamos deseducando a nuestros jóvenes, para hacerles eso sí, muy tolerantes y misericordiosos. De ahí que tantos aplaudan bendiciones a lesbianas, y es que en cuestión de entrepierna el pecado es menos pecado para algunos, diga lo que diga el Catecismo o el mismísimo Papa Francisco.

Acerca de Carmen Bellver

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