Tiempos modernos

Septiembre empieza con su cuesta de morriña vacacional, para muchos es la despedida de esos días sin reloj, ni prisas. De esas siestas reposadas como nunca. Se van las vacaciones, hayan o no hayan sido aprovechadas. Que siempre lo son, porque aunque ejerzamos de Rodríguez la dinámica no es la misma, y el tiempo se desliza inexorable sin que nos produzca ningún agobio.

Empieza el curso escolar y los trastornos familiares, con sus editoriales impuestas a golpe de talonario. Mochilas, lápices, carpetas, fundas, todo un ajuar escolar del que se rescatará muy poco del curso anterior

Como no podía ser de otro modo también el curso político que nos ha tenido entretenidos en periodo estival, toma ahora una característica más formal. Es como si todo el engranaje se pusiera a rodar. O eso al menos esperamos

Sin embargo, lo más importante vuelve a estar en lo cotidiano, en lo anodino, en la rutina llevada con amor, que es la única manera de marcar con pasión la vida. Si no ponemos un poco de nuestra parte para amar aquello que hacemos, todo se vuelve materialmente gris y oscuro, objeto de depresiones y malos rollos.

Pongamos un poco de pasión a lo que hacemos, así el tiempo será más liviano, las horas volverán a recorrer raudas las manecillas del reloj. Y llegaremos a casa con esa sensación de que una parte nuestra ha cubierto sus objetivos.

Reconozco que me estoy animando a mí misma, que vivo un periodo extraño de trabajo, donde he de conocer gente nueva y volver a iniciar el curso, no se sabe bien con qué alumnos. La incertidumbre tiene su encanto puedes imaginar lo que quieras, pero también pasa factura y produce sus dosis de ansiedad.

Sea lo que fuere, aquí estamos de nuevo para comentar que esa cuesta postvacacional tiene un corto recorrido, en apenas una semana estamos como nuevos en nuestra situación laboral. Y quien no se consuela es porque no quiere, hay muchos que todavía están sin disfrutar de unos días de asueto, becarios que aprovechan el verano para trabajar a destajo, y otros desafortunados que no han visto ni la playa, ni la montaña, ni la ciudad turística de turno.

Convengamos que el ciclo cumple una vez más con su renovar energías y prepararnos para el duro y árido invierno. Los días largos y maravillosos donde la luz crepuscular se desvanece a las nueve de la noche, pronto darán paso a días cada vez más cortos. Empezamos la rutinas en las correspondientes parroquias, las reuniones formales e informales, las cáritas aparcadas durante la canícula. Y como no, nos revestimos de nuevos propósitos. Que seamos o no capaces de cumplirlos ya es harina de otro costal.

Sea cuál sea la situación, mis mejores deseos por tanto a todos los que pasan por aquí, esos lectores anónimos y los habituales del blog, tan persistentes en sus comentarios. Gracias por venir, seguimos dialogando.

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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