Tomar la cruz y renunciar a todo

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.” ¿O que rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.» san Lucas (14,25-33)

Si no fuera por la misericordia de Dios al leer este evangelio la mayor parte de nosotros se sentiría excluido. No somos capaces de renunciar a ese apego personal que tenemos a tantas cosas que nos separan de la voluntad de Dios. Es difícil desprenderse de nuestras propias ataduras. Hay quien ha hecho opción por la vida religiosa, abandona a padres, hermanos, mujer, hijos. Sin embargo eso no significa que se sea discípulo de Jesús. Porque su exigencia va mucho más allá. Renunciar a los bienes es una manera de pedir que nos separemos de todas aquellas ataduras que nos alejan de Dios.

Y es difícil entender este Evangelio en el contexto actual de una sociedad de consumo y de apegos. Por eso los santos saben que la cruz la llevamos incorporada a nuestra espalda cuando deseamos seguir a Jesús. La llevamos intentando avanzar paso a paso en nuestra vida de fe y caridad. Y nos cuesta sangre, sudor y lágrimas poder superar las dificultades que se nos presentan. Santa Teresa de Calcuta que hoy sube a los altares, vivió en total oscuridad durante cincuenta años. Sin sentir la presencia del Señor y confiando ciegamente en su voluntad. Hizo un ejercicio de renuncia personal a todo volcándose en la mística de la infancia de Santa Teresita de Lisieux, donde la propia impotencia se vuelve gracia.

Y no podemos decir que esta mujer menuda de altura y grande en santidad, no cumpliese todo aquello que pide el Evangelio de hoy, se deshizo de todo para ir a vivir con los más necesitados y se desvivió por ellos. Su pobreza de vida y su entrega total, manifiestan que ella si cimentó su obra en buen terreno. Luego los azares de la vida la llevaron a la popularidad mediática y lo ofreció con humildad: que cada foto saque un alma del purgatorio.

Todos hoy reconocen en esta religiosa católica su fidelidad a Dios, pocos en cambio saben de su método de oración diaria, de su alimento en la Eucaristía, de su rezo del rosario. De esas cosas apenas se dice nada y formaban parte de su vida junto a la entrega a los demás, porque ella era consciente de no haber creado una ONG filantrópica, sino de llevar a cada enfermo y moribundo la misericordia del Señor. Ese era su objetivo en la entrega. Que ella interceda por todos nosotros para que sepamos tomar nuestra cruz y seguir a Cristo.

Acerca de Carmen Bellver

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