derecha-izquierda, ni justos ni pecadores

Es la realidad acuciante de nuestra sociedad. No hay un partido que represente al 100% el proyecto de una sociedad más justa y fraterna. Si nos dejamos llevar por la demagogia está claro que la mayoría empobrecida de la sociedad se decantará por votar a quienes les vendan humo. Si hablamos de economía, sanidad, cultura, educación, servicios sociales, un pack que conlleva numerosas concesiones a los poderes fácticos de la sociedad, está claro que quien más estabilidad nos proporciona se lleva también sus votantes.

Pero la realidad se empecina en mostrar una sociedad fragmentada tanto en voto como en querencias. No basta ser socialista de salón, pensar que el reparto equitativo de los bienes se lleva a cabo con el impuesto de todos. Tenemos una trayectoria de cuarenta años de democracia con varios gobiernos socialistas: ni funcionó el impuesto económico a los más favorecidos, ni funcionará en la vida, porque son éstos últimos quienes tienen en sus manos la financiación de los partidos, entre otras cosas.

Por eso la corrupción ha golpeado a todas las siglas en mayor o menor grado, quedando heridos los votantes que llevan el hartazgo en sus genes. La política se ha convertido en un premio gordo para muchos que no han trabajado en su vida más que para la cosa pública, obviando las miserias de estar el servicio de un jefe y de mantener horas extras para permanecer en el puesto de trabajo. La política ensucia la escena social con sus componendas para mantener en el poder a determinado grupo parlamentario.

Pero la gran política es la que se ocupa de los pactos para el bien común, la que tiene visión de futuro y prevé situaciones a largo plazo. Esa política está ausente de nuestro arco parlamentario y desgraciadamente nos lleva a un callejón sin salida, donde tendremos que pagar un alto precio por la desidia de quienes se sienten representantes de los ciudadanos.

El cinismo con el que nos están llevando a unas nuevas elecciones muestra el mal cariz de estos politicastros de salón, incapaces de superar y limar asperezas, consensuar políticas, acordar presupuestos, trabajar para la ciudadanía que está muy polarizada en sus votantes.

Y esperemos que todo este barullo traiga el sentido común en algún momento. Para un creyente, los pobres son el tesoro de la Iglesia, pero Cristo no vino tampoco a condenar a los ricos, sino a salvar a todos. Nos mostró un camino de fraternidad y de compartir que está muy lejos de la sociedad neoliberal que nos asfixia con sus cinturones de hierro a los más necesitados. Por otro lado la sociedad no puede permitirse vivir la subsidiariedad como moneda de cambio, hay que tener iniciativas y capacidad emprendedora para superar el cómodo y precario subsidio de ayuda social.

De manera que no es fácil gobernar un país que sigue facturando en negro y del que se benefician muchas sociedades opacas en paraísos fiscales. ¿Cuando llegue Cristo encontrará fe en esta Tierra?. Afortunadamente algo habremos hecho bien pese a todos los pesares, porque el hombre tiene tendencia a la superación. Sólo la fatalidad puede destrozar este país. Un cúmulo de desatinos encadenados puede dar lugar a la ruptura del marco democrático que nos dimos todos los españoles con la Constitución de 1978.

Acerca de Carmen Bellver

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