Astucia, el negocio de la Vida

Como casi todo resulta banal, efímero, intrascendente, pasajero, una se pregunta si debe seguir llenando cuartillas de Word para formar esa cosa llamada post, que en definitiva solo tiene un objetivo: manifestar que la fe forma parte de la cultura y está incardinada en el mundo actual, aunque algunos decidan suprimirla de su vida. Y puestos a dejar alguna aportación me decido por la reflexión personal.

Y cuando leo el Evangelio de este domingo los pelos se ponen como escarpias, porque no podemos servir a Dios y al dinero; pero el jueguecito de la parábola sobre el administrador infiel va mucho más allá. Se nos pide astucia, porque los hijos de la luz somos algo pánfilos en este negocio del mundo. Y para nuestra desgracia ese mundo es mucho más atractivo y sutil de lo que la misma parábola da a entender. (Lucas 16, 1-13)

A mí por ejemplo me queda claro que el primer lugar lo debe ocupar Dios y luego el resto. Ese Dios se manifiesta es actos de amor hacia los hombres y rechaza las conductas inmorales de todo tipo, en este caso se trata de un administrador infiel, que sabe buscarse la vida para seguir sobreviviendo. Pero en mi vida hay también muchos actos que son como los del administrador, en definitiva no somos todo lo honrados que debiéramos. Me refiero, por supuesto a esa moralidad interior que nos hace poner a Dios y a los demás en primer lugar.

Me gustaría animar al personal y decir que esta parábola no va con nosotros, cumplidores dominicales, generosos en el cepillo y en cáritas, voluntarios en nuestras pocas horas disponibles. Pero es ahí donde la cuestión se complica, estamos demasiado ocupados en todo y no administramos bien los dones recibidos. No ponemos toda la carne en el asador.

Está claro que esta parábola dejará a muchos tranquilos, ellos no son ricos, por tanto se quedarán sin entender que todos de alguna manera ponemos nuestro corazón en otras riquezas que no se ven: el orgullo, el trabajo, la vanidad, la avaricia, dioses de nuestro tiempo pequeños tiranos que nos esclavizan y alejan de Dios. Ponemos nuestro corazón en aquello que nos separa del amor de Dios, si no somos fieles en lo poco, nada podremos hacer en el futuro.

De manera que débil, poca cosa, llena de apegos ajenos a Dios, no puedo nada más que hincar las rodillas y pedir: Señor enséñame tus caminos, porque los míos se alejan de Ti y no quiero que eso suceda. Y de paso dame algo de esa astucia del administrador infiel y que Tú tanto sabes valorar.

Acerca de Carmen Bellver

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