La aventura de Job

Joaquín se sentía débil, timorato, cobarde, pensaba que era la nulidad más absoluta. Nadie le recordaba su época de éxitos, los momentos difíciles que había sabido sortear. En su memoria sólo acampaba lo oscuro, el vacío interior, la negritud del futuro. Había pasado por un shock traumático que ahora revivía de nuevo en su interior. Le decían que había que hacer frente al futuro, pero ese horizonte era un abismo suicida. Joaquín estaba enfermo del alma, del corazón de lo más profundo que hay en el interior.

Rehuía hablar a nadie de su mal ¿A caso le iban a entender?. “A perro flaco todo son pulgas”, dicen quienes nunca sortean el abismo de estar en el pozo oscuro donde respirar es casi un ahogo permanente, donde las noches en vela se prolongan con sus horas interminables.

A quién acudir, quién podía entender qué le estaba sucediendo, se mantuvo en manos de especialistas que dictaminaban sentenciando sus días. Y en su mente confusa sólo una plegaria permanente: El Señor es ni fuerza a quién temeré. Un mantra al entrar y salir de casa. Una oración repetida al ritmo de su respiración. Esa fe movía montañas. Esa fe le libraba de la desesperación, era la marca que llevaba en la frente desde sus primeros balbuceos.

Allí estaba al alba con sus oraciones, esperando el ansiado milagro de que la nube de la desesperanza se evaporara de su vida. Joaquín no era un cobarde, ni un timorato, sólo estaba enfermo y había que abrazarse a esa cruz con la humildad de quien sabe que nada más puede hacer que esperar abrirse el cielo con un rayo de luz deslumbrante.

Así son los días y las noches de quienes ni siquiera logran disfrutar de lo que antes más les gustaba. Así son las largas vigilias de los enfermos del alma, del corazón.

Dice Viktor Frankl que incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, el hombre puede encontrar una razón para vivir, basada en su dimensión espiritual.

Dice el Papa ante el sufrimiento de Job, que la plegaria es un remedio superior a cualquier pastilla. Se atreve con todo este Papa, incluso a enmendar la plana a cualquier especialista.

Seamos honestos hay un tiempo para cada cosa, un tiempo para sufrir, un tiempo para llamar a las puertas pidiendo ayuda, un tiempo para estar en soledad, un tiempo para vivir en compañía, y un tiempo permanente de oración que puede ser terapéutico siempre que esté bien dirigido.

Lo otro, aunque lo diga el Papa es construir castillos en el aire. A Job Dios dispuso que Satanás no lo atormentase más de lo que él pudiera soportar. Y así leemos las lecturas estos días escuchando el clamor de quienes como a Job la suerte les depara un tropiezo.

Acerca de Carmen Bellver

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