El Sacramento de la Penitencia: una gracia a nuestro alcance

¿Qué sentido tiene la confesión de los pecados?. Tenemos miedo de que se acreciente en nosotros el sentimiento de culpa. Sin embargo, nada más lejos de la intención original del Sacramento de la Penitencia, donde lo que realizamos es un acto de amor ante Dios, al reconocer nuestra debilidades que nos apartan de su lado. Un gesto que implica manifestar abiertamente al sacerdote aquellas faltas cometidas, con el propósito de que la gracia recibida nos haga superar nuestras flaquezas.

Tenemos miedo a la confesión, miedo a exponernos ante otro sin pensar que ese otro representa precisamente a Cristo que siempre está dispuesto a acogernos con su misericordia. Muchos hablan de hipocresía católica, dispuesta a lavar sus culpas pero continuando obrando mal. No es cierto, la verdadera confesión que quita los pecados lleva implícito un acto de contrición, de pena por haber flaqueado en la fe y un deseo firme de no volver a pecar.

Acercarse a un confesionario para efectuar un ritual hipócrita, no sirve de nada. Y es causa de un pecado mayor, de un sacrilegio. También es verdad que con una vida ordenada y metódica no solemos encontrarnos grandes pecados, si acaso la mentira es la más común y su consecuencia lleva a otros pecados. No mentir se suele afirmar que es imposible en una sociedad donde debemos llevarnos bien con todos. Por ello se habla de mentiras piadosas, de esas que no tienen una intención grave de perjudicar al otro, son sencillamente pequeñas desviaciones de la verdad.

Y cuánta importancia tiene la verdad en nuestra vida. Se fundamente en ella la razón de nuestra esperanza. Si no creemos que todo aquello que profesamos es Verdad, no tendríamos fe. Por eso, la mentira es tan sutil. El examen de conciencia que debemos llevar a cabo incluso con ayuda del confesor, nos prepara para recibir la gracia del perdón. Y nos lleva a mejorar interiormente. Otra de nuestras debilidades es la de la maledicencia, pecado fomentado por los medios, donde todos hablan de todos sin ningún pudor.

No se lleva la confesión semanal, ni mensual, y si me apuran se queda en una confesión anual por precepto. Sin embargo, el hecho de que nos acerquemos al sacramento de la Penitencia con frecuencia purifica nuestro interior y nos fortalece para la vida espiritual. En la vida espiritual la confesión ha tenido siempre un gran poder. Nos ha permitido progresar espiritualmente. Y cuando pensamos que repetimos una y otra vez los pecados de siempre, tal vez debamos acudir al sentimiento de la propia flaqueza con humildad. Por otra parte no debemos olvidar los pecados de omisión. Aquellos actos que no hemos realizado por respeto humano. Y hay tantos actos que omitimos sin darnos cuenta de ello.

El examen de conciencia al final del día nos permite reconocer si en nuestra vida cotidiana obramos de acuerdo con la voluntad de Dios, o vamos siguiendo los postulados del mundo, cayendo en todas las trampas que implica una vida dando la espalda a Dios. Si Él está presente en nuestras actuaciones diarias, nada hay que temer.

Nos acercamos a un padre misericordioso. Jesús en la parábola del hijo pródigo muestra la alegría que supone ver retornar a un hijo suyo a sus brazos. Saber que Dios siempre lanzará un flotador para que nos acojamos a la salvación, debe llenarnos de alegría.

Hoy nos recuerda en el Evangelio que Dios es un Dios de vivos no de muertos, y nos habla de la resurrección donde todo gozaremos de su presencia brillando en la gracia. Sabernos hijos amados nos debe mover al sacramento de la reconciliación como una actitud de regreso a la casa paterna. Donde se nos espera con los brazos abiertos.

Acerca de Carmen Bellver

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