Touché por la vida religiosa

Decía mi amiga que había que pasar de una Iglesia sociológica a una comunidad de creyentes. Y nos contaba sus cuitas respeto a la vida religiosa con el desenfado de quien habla desde fuera, sin haber tomado arte ni parte en el compromiso por el Evangelio. Pero desde luego con la voz en off de quien va recordando aquello que le contaba su amiga religiosa.

Y así tuvimos en el post anterior un bosquejo de lo ha sido y es esta entrega radical por el Reino de Dios, que tantos vaivenes ha dado durante los últimos cincuenta años. No es cuestión de denigrar nada, si acaso poner sobre el tapete y reflexionar de modo común sobre una realidad que viene preocupando a la Iglesia y a los fieles.

Me pide que no le echen en cara lo que todos sabemos, que las cifras cantan y no hay relevo generacional para muchas congregaciones. Que los grandes del pasado como los jesuitas, languidecen en número, aunque eso sí, se baten con vigor en las periferias por la causa de los más desfavorecidos. Y de la misma guisa podríamos hablar del resto de órdenes y congregaciones.

Por eso mi amiga sigue contándome las cuitas que le relata la religiosa en cuestión. Y entre las mismas hay un retazo de análisis sociológico que vale la pena tener en cuenta. Para ella, la sociedad del bienestar ha despreciado el hecho religioso hasta relegarlo a la pura anécdota. Las familias que no respetan a Dios y no educan en la fe, hacen que la religión desaparezca de la sociedad. Y por mucho empeño mostrado por los religiosos para encender esa llama secreta que es don sagrado, se han estrellado con toda su buena voluntad.

Me dice que la sociedad ha cambiado, donde antes estaba Dios, incluso en el arte y la poesía, en la pintura y el teatro. Hoy abunda la zafiedad, no hay una cultura de lo religioso, no hay un pensamiento intrínsecamente vinculado a lo sagrado. Y me recuerda la escena del Alcalde de Zalamea donde Pedro Crespo grita a viva voz: el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios.

Y apunta que la causa de tanto desbarajuste obedece a que esa Iglesia sociológica ha desaparecido del horizonte de la vida cotidiana. Por eso es tan necesaria la comunidad de creyentes. Las pequeñas comunidades que vivan intensamente aquello que les ha sido donado gratuitamente por la gracia del bautismo y por la educación recibida. Y esas comunidades se forjan en las parroquias donde hay que acostumbrar a no ir de paseo dominguero, exclusivamente. Donde hay que crear fraternidad, algo que apunta mi amiga no resulta fácil, porque el ambiente en general es gélido y poco dado a la acogida calurosa. Y porque el resto de los fieles nos acostumbramos a ser tibios y cómodos.

Y eso lo están cambiando los religiosos que se siguen desgastando por el Evangelio. Intentan crear comunidades fraternas allí donde recalan, teniendo todo en contra, la sociedad de consumo, los medios de comunicación, la abulia de los mismos padres de los jóvenes por participar en el crecimiento de la fe. Porque si la fe no se cuida y se educa y se mima, languidece y terminar por apagarse como una vela mortecina.

Y entonces comprendemos que no hay mejor combate que cristianizar el mundo desde todas las fronteras, imperativamente desde la cultura, donde antaño brillaba con fulgor la sociedad cristiana. Y así con ese empeño por llevar la música, el cine, la novela y el teatro con temas donde Dios pueda estar presente, puede que combatamos la adversidad de un mundo alejado de lo sublime. Y son pocos los que se arriesgan en estos caminos de salir a la palestra pública, pero son más quienes en sus pequeñas comunidades van siendo fermento en la masa. No cabe duda de que a eso se refiere el Papa cuando habla de llevar a Dios a las periferias existenciales. Porque también es una obra de misericordia enseñar al que no sabe. Y que mayor periferia que el vacío existencial de esos jóvenes que consumen sus tardes de domingo haciendo botellón hasta llegar al coma etílico.

En la cultura está la batalla del cristiano. Saber hacer disfrutar a los jóvenes del don recibido con la fe y a su vez, arrastrarles a pensar sobre lo divino y lo humano. A disfrutar buscando en el pasado ese rostro de Dios que se encuentra hoy en todo hombre y mujer del presente. Y a todo esto el resto no podemos responder nada más que touché.

Acerca de Carmen Bellver

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