Para quienes niegan un minuto de silencio

Es ya un clásico guardar un minuto de silencio por las víctimas, sean de la condición que sean. Se puede tratar de la violencia de género, de las víctimas del terrorismo, de un accidente de características dantescas. El minuto de silencio es la condición de respeto ante la tragedia, la solidaridad con el dolor humano, con familiares y amigos.

Y en el caso de Doña Rita Barberá, alcaldesa de Valencia por voluntad popular durante veinticuatro años, duele que parte de quienes consideramos representantes del pueblo, le denieguen el respeto que merece a quien dirigió los destinos de la capital del Turia. Es mezquino y cruel, un acto que muestra de nuevo que los chicos de los círculos están enajenados, son capaces de lamentar detenciones de terroristas, aplaudir la secesión de zonas geográficas, meterse en los vericuetos de la corrupción sin vergüenza. Pero ante el fallecimiento de una política de raza que lo fue todo para Valencia, no hay misericordia, aunque tan solo estuviera imputada, aunque nadie dictase todavía sentencia, aunque ella manifestara una y otra vez ser inocente.

No voy a entrar en el pudridero de la corrupción que huele de manera hedionda en todo el país, sin distinción de siglas. De norte a sur podemos recorrer ciudades enteras llenas de imputados por la corrupción. Y ciertamente Valencia fue uno de esas dianas donde las cosas se hicieron a la manera mediterránea, con la palabra como firma, con los favores devueltos a la vieja usanza. En ello están los jueces y finalmente será la justicia quien dirima los casos con meridiana claridad.

Pero el linchamiento mediático y el escándalo público crea mala sangre, sangre con tintes de negrura, capaces de escupir sobre los muertos perdiendo de paso todo rastro de dignidad. Esas cosas nos dicen que el país está moralmente enfermo, que hace falta una gran regeneración social. Que los valores han dejado hueco a la podredumbre y la sinvergüencería. Pero también nos hablan de quienes deben primero mirarse a sí mismos antes de tirar la primera piedra. Porque pudiera ser que no sean trigo limpio y además estén linchando a una inocente.

Rita Barberá está ahora sometida al juicio del Padre misericordioso, quien está siempre con los brazos abiertos esperando el retorno del hijo pródigo. Su muerte ha sido una tragedia para toda una carrera política en la que ella misma invento el populismo, el patearse toda la urbe y ganarse a la gente con su espontaneidad. Como todo ser humano cometería errores, se equivocaría en muchas decisiones, pero nadie debió arrebatarle su dignidad.

Es ahora su pueblo quien le devuelve el honor mancillado por las acusaciones, es ahora su pueblo quien ruega por su alma y clama por su desdicha. Valencia está de luto y todos los grupos políticos han sabido hacer piña para rendir tributo a quien dirigió con mano firme los destinos de los valencianos.

Y aunque su estilo no fuera el mío, aunque no estuviera de acuerdo en algunas de sus pasiones megalómanas por hacer una gran urbe de la Capital del Turia, me duele profundamente que haya tenido que irse de esta manera tan triste y desabrida. Merecía mejor suerte. Vaya por ella mi oración y mi minuto de silencio.

Acerca de Carmen Bellver

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