Feliz Adviento

Me gusta el tiempo de Adviento, la espera de la Navidad rezuma por las calles y los comercios, dejándonos el sabor del consumismo impregnado en nuestra piel, pero más allá de este festival pagano existe un adentrarse en la venida de Nuestro Señor, de ese Niño Dios que transformó la historia de la humanidad. Un Dios que predica que el Reino ya está entre nosotros si sabemos escuchar la voluntad del Padre. Sabemos que al final de la vida nos examinarán del amor. Y que ese amor no es un efluvio pasional, sino la constante perseverancia en estar disponibles hacia el otro, en ejercer las obras de misericordia como nos pide el Papa Francisco.

Hay que mirar con los ojos de ese Niño para descubrir que frente a la opulencia de guirnaldas y adornos en los escaparates, se producen decenas de gestos solidarios, de donaciones de alimentos, ropa y juguetes. Hay una pasión compartida por muchos para que a nadie le falte esa comida familiar especial, aunque sea más modesta, menos opípara que la de otras mesas.

Ese gesto desdobla el tríptico de las escenas del Adviento a la Navidad, donde la figura central sigue siendo el Niño Dios. Y así mientras tenemos una imagen almibarada y nostálgica en nuestros recuerdos infantiles, también se percibe mayor deseo de que la soledad y el abandono dejen paso a la familiaridad y la solidaridad. Y por eso las estampas prenavideñas nos llevan a remover un poco las entrañas y a ser generosos en la medida de nuestra posibilidades.

Adviento es por tanto el espacio de apartar de nuestros ojos los caprichos para poder dar de comer a otros, es el tiempo de prepararnos interiormente para el gran acontecimiento de la Historia de la Humanidad.
Y purificar nuestros deseos de consumismo feroz que nos muestra el mundo con sus luces y adornos, para mostrar que lo realmente importante no sucede en los escaparates y cestas navideñas, sino en lo sencillo y al calor de la lumbre y del fuego en el corazón.

Hay historias de Adviento, como hay historias de Navidad. Las nuestras deberían llevarnos a la austeridad y la solidaridad, al gesto de compartir con el otro, al compromiso de estar más atentos y solícitos con los demás. Hay por tanto cuatro semanas de preparación llenas de oportunidades para ir meditando en nuestro interior ese despojo de lo anecdótico para llenarnos con los valores que realmente valen la pena.

Cuando uno admite que este tiempo nos lleva a una criatura nacida en lo más humilde y que siempre manifiesta que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre en el Reino de Dios, de alguna manera nos está diciendo que quienes atesoran cosas, objetos, bienes son los verdaderos pobres de ese Reinos. Porque la riqueza se encuentra en las pequeñas cosas hemos ido aprendiendo en el clausurado año de la Misericordia.

Los gestos de ternura y solidaridad, sirven para que la humanidad resplandezca como la estrella de Belén, iluminando desde lo alto lo más importante que son las relaciones humanas.

Preparémonos para adentrarnos en estas cuatro semanas previas a la Navidad, haciendo acopio de gestos y orando para que lo que no podemos hacer por nosotros mismos, lo haga Dios con nosotros. Feliz Adviento.

Acerca de Carmen Bellver

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