Al estilo de Jesús sin cortapisas

Escribir en positivo es casi una proeza en este siglo de acusaciones en ciento cuarenta caracteres, de largas peroratas sobre lo mal que lo hace la Iglesia institución y el idílico mundo del Evangelio a la carta, porque muchos confunden coherencia con libre interpretación. Escribir es un acto de reflexión y a veces nos supone un esfuerzo considerable cribar el trigo de la paja. Sobre todo cuando te ves rodeada de artículos y noticias que dejan un regusto amargo en la boca.

De manera que cuando no quieres caer en la crítica exacerbada, en la polémica frente a otros, queda como refugio seguro el Evangelio. Y hoy se nos pide en la primera lectura de Isaías no juzgar por apariencias, ni sentenciar de oídas. Me quedo subyugada porque es como dar en el centro de una diana, tantas veces yo misma me dejo llevar por las apariencia, por lo que se oye, se cuenta, se dice. Y san Pablo nos recuerda “Todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencias y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza”.

Estamos en tiempo de esperanza y eso es lo que hay que irradiar a un mundo oscuro y profundamente castigado por todo tipo de calamidades Los conflictos entre naciones, el hambre y las injusticias. Todo ello se supera con la Palabra de Dios en la mano y en un acto de fe confiada en que lo que no podemos hacer por nosotros mismos Dios nos guiará sin ninguna duda por el mejor camino.

Hoy nos encontramos con Juan el Bautista. Y se nos pide también que creamos firmemente en pequeños actos de conversión, basta encontrarnos en la presencia de Dios en el día a día, mantener algún tipo de actitud de apertura a los demás, de solidaridad. Actuar con el convencimiento de que podemos superar nuestras debilidades con ayuda de la gracia. Si analizamos la presencia del Bautista, vemos que se encuentra ante el Señor, quien se presenta a recibir el Bautismo como un pecador más. Es la actitud de cumplir con humildad y confianza la voluntad del Padre, que va a clamar que es su Hijo Amado.

Entrar en el Adviento tiene ese aire de reconocernos pecadores, no sólo por obras sino también por omisión. Y saber que las palabras se las lleva el viento si no están firmemente arraigadas, con raíces profundas que dan fruto abundante. Pero también reconocer que ese fruto es obra de la gracia de Dios que opera en comunión con nosotros.

El voluntarismo no lleva a ninguna parte, sin una oración arraigada en el día a día. Porque no somos nosotros quienes debemos actuar sino la voluntad del Padre por medio de la fe. Nos acercamos con pequeños gestos a ese portal de Belén siguiendo la estrella de las buenas obras, de la compasión, de la entrega generosa. Nos acercamos al portal de Belén para recibir la conversión una vez más frente al Dios encarnado en un Niño.

Olvidémonos de las disputas sobre qué o quién. Es tiempo de conversión para todos, tiempo de esperanza para una humanidad doliente, que recibe la Luz de la gracia y una Palabra que pide sólo amar. Y ahí están los Evangelios para enseñarnos a amar al estilo de Jesús sin cortapisas.

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Acerca de Carmen Bellver

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