El contador de estrellas. Cuento de Navidad

A la luz del crepúsculo se encendió la iluminación de las calles. Unas figuras geométricas y extrañas sustituían ahora los típicos adornos navideños. Alberto las había contemplado con inquietud, no es que fuera especialmente religioso, pero hay cosas que mejor dejarlas como están. Porque en definitiva, aquellas luces de artificio le recordaban las fiestas de la ciudad, pero no hablaban ya de lo que estaba a un paso de avecinarse. Estrujó su manta sentado a la entrada de unos grandes almacenes y comprobó que apenas unas monedas aparecían en su plato, a su lado Sansón, un perro mestizo cruzado de labrador y braco se arrebujaba dejando caer su hocico sobre sus pies.

Alberto volvió a mirar aquellas luces cuyo impacto le producían cierto malestar interior, El laicismo, se dijo a sí mismo, avanzaba inexorable cada año. Y también se dejaban de adornar algunos comercios, manifestando así su actitud incrédula y arrogante ante la parafernalia anual. Le dolía esa arrogancias que sólo felicitaba las fiestas con guirnaldas y figuras exóticas que no recordaban que tipo de celebración iba a tener lugar en unos días.

Levantó su maltrecho cuerpo, recogiendo la manta y el plato del suelo. Se metió en el bolsillo las monedas y caminó por las avenidas de neón hasta llegar a una plaza semicircular con una fuente al medio. Allí se levantaba una monumental iglesia cuyas puertas permanecían cerradas. Volvió a sentarse con Sansón a su lado y apretó firmemente la manta alrededor de sus pies. Al cabo de unos minutos llegó el padre Juan, le miró con inquietud, el frío calaba los huesos como un gélido cubito de hielo. Le dijo que entrase al abrigo del pórtico y luego le preguntó si continuaba yendo a dormir al albergue municipal. Alberto asintió con un guiño de ojos, al tiempo que le comentaba que antes se pasaba por Cáritas para cenar algo decente en los comedores que habían abierto en aquellas fechas tan señaladas.

El padre Juan lo sabía demasiado bien, él mismo se encargaba cada noche de servir las mesas con sopa caliente y un segundo de mayor consistencia. Pero antes abría el economato para servir alimentos no perecederos a quienes apenas malvivían en ese territorio comanche de la mendicidad y el trapicheo.

Alberto vio que llegaba la gente conocida, la de todos los días, y su plató comenzó a sonar a gloria con aquellos céntimos y algún euro de quien más se estiraba. El era uno más de esos hombres que pierden trabajo y hogar a un mismo tiempo y quedan a merced del destino, sin más opción que vivir de la mendicidad. Sin edad para trabajar, sin fuerzas para buscarse la vida, se había refugiado en ese itinerario de la caridad ajena que recompone tantas dignidades zaheridas por la mala suerte.

Se levantó con mayores bríos cuando ya había pasado toda la clientela habitual y tomó la dirección que el padre Juan le había dado hacía mucho tiempo, tanto que ya no era capaz de recordar. Atravesó las calles embozadas de oscuridad del casco antiguo de la ciudad y cruzó los portales de habían sido antiguos palacios señoriales. Y ahora se caían a pedazos, abandonados a su suerte. Lo primero que notó fue el olor inconfundible de las lentejas al atravesar el umbral que daba paso al comedor. Saludó con alegría y dejó que Sansón esperase a la puerta, las normas del centro no permitían animales, pero sí los restos de aquella cena de caridad, así que le envolvió en la manta y el perro acostumbrado al itinerario de su amo, se acurrucó sobre sí mismo, a la espera del manjar que entre todos le guardaban. Faltaban apenas dos días para la gran celebración en la que Alberto y Sansón escucharían replicar las campanas a medianoche anunciando en el Niño Dios había nacido para todos los hombres de buena voluntad. Y se sintió un afortunado contador de estrellas.

Acerca de Carmen Bellver

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