Cuento de Navidad. El escribidor de la Misa del Gallo

Llevaba escribiendo veinticuatro horas de manera frenética, los ojos casi le salían de sus órbitas inyectados de un rojizo venoso similar a la sangre, se miró al espejo fijándose en sus cabellos enmarañados, y el vello sin rasurar asomando una barba incipiente. No se tomó la molestia de asearse más allá de coger en las manos un puñado de agua del grifo y pasearlo por todo su rostro enfebrecido por el titánico esfuerzo que había llevado a cabo.
Miró de refilón el ordenador y la libreta de notas que estaba a su lado, se acercó hacia ella abriéndola y repasando hoja a hoja el esquema del que esperaba ser una obra maestra, una suerte de novela experimental y arrebatadora, que no iba a dejar a nadie indiferente. Sonrió complacido de su lectura y dejó en el escritorio aquella libreta decorada con arabescos y siluetas navideñas que le había regalado su amigo Anselmo, sabiendo que dejaba a buen recaudo un objeto que en este caso sería aprovechado con esmero. Apagó el ordenador y se fue desvistiendo lentamente, dejando que cada prenda cayese en el suelo mientras se arrastraba como un perro herido hasta la habitación, una vez en ella se desplomó sobre la cama, cayendo como un fardo pesado. Cerró los ojos mientras pasaban por su mente todas las palabras salidas a borbotones de sus dedos frente al teclado.

Medio en duermevela se le reveló la noche lluviosa y desapacible que escuchaba tras los cristales y pensó inevitablemente en aquellos desventurados que se habían echado a la calle para celebrar la Navidad en la misa del Gallo. Al instante se le apelotonaron los recuerdos, los libros leídos, los cuentos escritos. Todo bullía en su mente de manera caótica y desordenada. Echaba en falta la poética del misticismo, aquellos momentos sublimes que enardecían su alma, que hacían brotar la alegría de su corazón y que siempre le dejaban desplomarse al llegar a casa con los ojos humedecidos.

Era la noche mágica donde un Dios hecho hombre se convertía en un niño vulnerable. Recordaba la representación infantil de aquel acontecimiento en la misma iglesia que fue bautizado, tras la solemnidad de la liturgia, junto al volteo arrebatador de las campanas, cuando la oscuridad dejaba paso a la luz y el tintineo de los cascabeles anunciaban los ángeles advirtiendo a unos pastores que allí había ocurrido el mayor milagro de la historia de la humanidad.

Se desveló súbitamente, dejando que los recuerdos lo arrastrasen hacia el vestidor, se fue dejando acariciar por la camisa y el suéter, subió sus pantalones abrochando su cinturón con energía, calzó los calcetines y los zapatos y se embozó el anorak mirando de reojo el reloj de pared. Faltaban todavía unos minutos para las doce. Apenas había probado bocado, pero había ahora algo que no podía dejar pasar y era esa hora especial en que la Navidad cobraba sentido y ocupaba de nuevo un lugar en su corazón. Corrió precipitadamente por las calles hasta llegar a la iglesia, tuvo tiempo para escuchar el último volteo que llamaba al Misterio mientras cruzaba el pórtico de entrada .Y se sintió un hombre afortunado.

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Acerca de Carmen Bellver

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