“No temáis, os traigo una buena noticia…”

Hemos recorrido el Adviento acordándonos de los que menos tienen, acercándonos a los otros de mil manera diferentes. Hemos ido paso a paso lamentándonos por las guerras y las calamidades que enturbian las luces y los cantos navideños. Hemos pasado de puntillas antes quienes miran mal por enviar felicitaciones con el Niño Dios y prefieren celebrar las fiestas del consumo y el exceso. Pero pese a todo hay algo en el ambiente que no pueden sustraernos: la Navidad, ese acontecimiento maravilloso de un Dios hecho uno de nosotros, vulnerable, necesitado de un padre y una madre y el calor mullido del pesebre.

Nos cuentan miles de relatos sobre este acontecimiento, se lanzan a la yugular para recordar que los cristianos nos aprovechamos de una fiesta pagana. En realidad hay miles de historias que llegan para zaherir el sueño del milagro de la Navidad. Estamos ahora celebrando la ternura hecha carne, la amistad y, el amor habitando entre nosotros. Eso no nos lo pueden arrebatar aunque cambien las luces de la calle y alumbren cubos exóticos o figuras geométricas que previenen al creyente de que las fiestas de invierno no son la verdadera Navidad. Y aunque escamoteen Belenes o prohíban cantar villancicos en algunos centros escolares, la historia de la humanidad cambió radicalmente hace dos mil dieciséis años.

Y con ese cambio se abrió la puerta a un Amor hecho entrañas, un Amor en mayúsculas porque es el mismo Dios que se acerca y nos va encaminando paso a paso hacia lo que verdaderamente vale la pena. Recorremos el Evangelio y nos desconcertamos con cada gesto y palabra del Maestro. Y pasaremos a vivir la Pascua con el corazón desbordado por esa seguridad de que el Mal nunca va a tener la última palabra de que la Vida ha vencido a la muerte.

Una Vida donde el aparente fracaso de la muerte será el triunfo definitivo con la Resurrección, acallada y silenciosa, pasando de puntillas, como suceden casi siempre las cosas más hermosas. Por eso la Navidad está rodeada de unos testigos que enmudecen ante la llamada del ángel: “No temáis, os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David os ha nacido un Salvador. el Mesías, el Señor… (Lucas 2, 10-12).

Y así con unos testigos deslumbrados por aquel acontecimiento, pasamos a ver un Niño que es Dios hecho hombre, para cambiar la suerte de los humanos, incluso en lo más cruel de un patíbulo. Para alegrarnos hoy con la esperanza de que la muerte no es el final y que la Vida comienza aquí con el acompañamiento de nuestro Dios en cada gesto y actitud personal.

Celebremos con alegría la llegada del Salvador, que cada día permanece a nuestro lado y es reconocible en el rostro de los demás. Feliz Navidad.

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Acerca de Carmen Bellver

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