Del activismo a la interioridad

Parece que el activismo es el testigo de nuestro tiempo. Los frutos por los que se reconocerá al cristiano. Sin embargo, no son nuestros frutos, sino lo que Dios obra en nosotros, lo que realmente cuenta. Por eso, la soledad y el silencio es un lugar de encuentro.

“La conduciré al desierto y le hablaré al corazón”, dice Dios por boca del profeta Oseas (OS 2,14). Se decía de San Benito que vivía dentro de sí, centrado y concentrado.

Se nos llama al activismo, al compromiso, a ser testigos. Pero nos olvidamos que uno puede dispersarse en miles de actividades y ser como decía Pablo VI del hombre moderno “el gran distraído”. El trabajo como fuga de sí mismo, como evasión de nuestro yo profundo.

Hoy es un imperativo el que todo el mundo viva conectado a la red, desde países lejanos con carencias básicas, hasta occidente, somos una aldea global. Sin embargo, se impone mantener un tiempo de silencio también en estos artilugios que nos han construido para nuestra supuesta felicidad. El exhibicionismo que algunos manifiestan en la red viene a identificar su ser con su hacer. Y de esta manera seguimos viviendo fuera de sí. Tenemos miedo al silencio. Nos sentimos asustados si tenemos que caminar solos. Preferimos que nos acompañe el ruido, que nos distraiga.

Perdemos el sentido de la quietud, de la mirada interior. Tener experiencia de desierto, no se reduce a hacer unos ejercicios quincenales. A veces se necesita más tiempo, meses, años. Hay que recordar a la primera comunidad creyente, con María a la cabeza, reunidos en aquellos tiempos, para evocar e interpretar la vida y el mensaje de Jesús. Y reconocer que aquello culminaría con la explosión llameante del Espíritu.

Luego saldrían renovados, aquellos hombres y mujeres sencillos, pescadores, recaudadores de impuestos, trabajadores de su época, se lanzan sin más equipaje que ese fuego encendido en su corazón. Y van a llevar el Evangelio por todo el mundo de su tiempo. Pero unidos siempre en la fracción del pan y la oración.

Nuestro mundo suele oscilar como un péndulo y va de la pasividad al activismo, de las devociones a la entrega a fondo perdido a los demás. Sin un equilibrio básico que una en la misma dirección, que discierna las actitudes de los sentimientos y de los deseos profundos. Porque de los que se trata no es de hacer sino de ser, incluso en la aparente inutilidad de una vida que no parece ser diferente de quien no cree.

Por eso es tan necesario el silencio, para saber oír la voz de Dios, para afinar el oído y escuchar e interpretar los signos de los tiempos. Pablo tampoco reconoce a Jesús en aquella voz que le interpelaba: “Pablo, Pablo, ¿por qué me persigues?. Es Jesús quien se presenta: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues (He 9, 4-6-).

Y luego viene aquello de ser humildes, de reconocer que somos siervos inútiles, de aceptar nuestra propias limitaciones, para encontrar al Señor, hasta en el propio fracaso.

Dicen algunos medios religiosos que la Iglesia no sabe vender su producto. Olvidando que la esencia no está en lo que se hace, sino que toda su actividad tiene por objetivo llevar al encuentro de Jesús, acercar al otro a esa interpelación personal, como Samuel y Pablo: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1Sam 3,9), porque en eso consiste la conversión: en saberse llamado y responder Amén.

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Acerca de Carmen Bellver

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