La vocación del cristiano

Todo comienza cuando te sabes incapaz de dar un paso más para el cambio que el encuentro con el Señor te demanda. Quisieras hacer muchas cosas, pero en realidad estás paralizada, la vida es una rutina mecánica que te impone sus ritmos. Y entonces te surge desde dentro una imagen perturbadora: eres una mediocre y cómoda cristiana que vive el letargo del cumplimiento cristiano de los sacramentos.

Seguramente te implicas en algunas actividades de la parroquia, pero sabes bien que no das más de ti. Es entonces cuando vuelves la mirada hacia tu interior y observas que pecas de orgullo. Que deseas hacer y hacer, sin pensar que todo reside en ofrecer lo poco que somos al Señor y dejar que Él se encargue de transformarnos.

La columna de la oración es la que permite convertir el hacer en una oblación y no hay nada más generoso que convertir la propia vivencia diaria en un ofrecimiento al Señor. Me llama la atención que el Papa Francisco no vea la televisión por una promesa que hizo en su día. La cumple a rajatabla. Y pide que recemos por Él. Si tuviésemos la antena de Dios puesta en sintonía, apagaríamos muchas veces la televisión.

Oramos todos juntos en la Eucaristía unos por otros. Y así nos volvemos un poco más humildes. Porque sabemos que lo que somos, con todos sus defectos, es posible convertirlo en una ofrenda a Dios, padre misericordioso, dispuesto una y otra vez a acogernos en sus brazos.

Reconsiderar nuestros actos supone ponerlos allí ante el Sagrario y preguntarse: ¿estoy haciendo lo que debo o sencillamente me deslizo por la comodidad y la mediocridad?. Y sí es así y no encuentro camino para dar un giro a mi vida, al menos lo ofrezco al Señor para que Él me de fuerzas para cambiar aquello que deba cambiar, y aceptar aquello que deba aceptar.

En palabras de Thomas Merton: “El verdadero edificio de la Iglesia es la unión de corazones en amor, sacrificio y trascendencia personal. Y la solidez de este edificio depende de hasta qué punto toma el Espíritu Santo posesión del corazón de cada persona..”

De manera que aceptarnos como somos es un paso necesario para crecer en Cristo y hacer más profundo nuestro contacto con Él. Y el camino arduo y áspero que a veces se nos presenta en la vida, puede ser un motivo de transformación maravillosa que nunca habíamos logrado imaginar.

Nos ofrecernos como somos, con nuestras limitaciones, para hacer buenamente lo que podamos, pero llevando todo a la oración, para que esa rutina diaria no sea un fosilizarse. Porque el Espíritu es transformación y renovación.

Santa Teresa de Jesús define la oración: “como tratar de amistad con quien sabemos que nos ama”. Pues bien las exigencias de la amistad están siempre abiertas a las necesidades del otro, son espontáneas e imprevisibles. Y en eso está la gracia de nuestra propia debilidad pues como dice San Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

Anuncios

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
Esta entrada fue publicada en Religión. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s