El camino del bien

El sueño de la democracia ha consistido siempre en poder gobernar con ecuanimidad frente a la visión dispar de los diferentes grupos políticos. Cuando se busca el bien común es el camino más adecuado para resultar imparciales en las decisiones establecidas por nuestros representantes en el Congreso.

Sin embargo, estamos frente a una crisis del sistema. Algo nos dice que la democracia ya no representa la soberanía popular. Que los intereses ocultos y la corrupción se han instalado como un cáncer en la sociedad. Falta un líder, apuntaba el Papa. Me permito corregirlo, faltan líderes, faltan ideas, sobra demagogia y populismo.

Sin una sociedad capaz de pensar y de ser crítica, con la acumulación de estímulos visuales que nos proporcionan los medios de comunicación y las redes sociales. Estamos inmersos en una gran pecera donde vemos lo que quieren que veamos, de manera tan solapada que es imposible apuntar a la imaginación del futuro común.

Como soy católica, no me falta esperanza. Sé que al final de los tiempos el Reino de Dios se impondrá para todos en una nueva realidad verdaderamente justa y divina. Pero mientras tanto, como civil, tengo que tomar partido y optar por analizar la realidad que nos circunda. Ese buscar en palabras de fe los signos de los tiempos, para que dejemos actuar al Espíritu.

Hoy estamos cerca de considerar los derechos humanos como una especie de mandamientos. Me explico, no es que esté en contra de los derechos humanos, sino de aquellos, de entre los cuáles, se han introducido como tales, sin la concurrencia de la reflexión y el pensamiento antropológico. Derechos que dan de lado a las obligaciones.

¿Es un derecho humano la eutanasia?. ¿Es un derecho humano el aborto?. Legislaciones de algunos países lo consideran derechos, y aquel que discute ese pensamiento dominante, es perseguido como dogmático. Y es que hemos puesto en el centro al hombre, desplazando a Dios. Actuamos por humanitarismo, no por amor como nos pide el Señor. Defender los derechos humanos que emanan del amor a los demás, es una obligación, pero cuando se subvierte el orden lógico y se pone al hombre como centro del Universo, estamos cayendo en una idolatría peligrosa.

El primero en romper el dogmatismo de su tiempo fue Jesús, pero no puso al hombre en el centro, puso la misericordia y el amor fraterno. Puso al Padre y su voluntad como movimiento constante de su corazón. Y el Padre le llevaba a obrar no como un nigromante que practicaba hechos extraordinarios atribuidos al diablo por sus conciudadanos.

Esos milagros tenían un objetivo, convertir al Reino de Dios a los demás. Hoy Dios no pasa de ser un señuelo para incautos en la mente de la mayoría, por tanto no es extraño que se ponga más énfasis en hacer obras y en actuar por los demás, pensando que ahí reside toda la religión. “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mateo 25, 40). Ciertamente las palabras se utilizan en muchas ocasiones como un arma de doble filo. Porque también nos enseña a orar: “Todo aquello que le pidáis al Padre en mi nombre se os concederá”. (Jn 16, 23b-28)

¿En dónde hemos dejado la fe?.¿ En un actuar por nuestros propios medios o en un actuar siguiendo la voluntad de Dios?. Ese es el debate del católico del siglo XXI. Mientras no seamos capaces de enfrentarnos al pensamiento único que nos trasmiten los medios, estaremos siendo como los fariseos cumplidores de la ley social impuesta por decreto en nombre de los derechos humanos. Pero olvidando la Ley de Dios que es obra del amor y que defiende al ser humano siguiendo la voluntad de Dios.

Democracia hoy, es una palabra sin sentido. No hay una ética cristiana en la sociedad, sino una ideología dominante que va imponiendo su totalitarismo como en el pasado lo hicieron nazis y comunistas. Por tanto sigamos obrando el bien, pero no dejemos de orar para ser capaces de seguir el camino de la verdad, superando las coacciones de los medios y las redes sociales.

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Acerca de Carmen Bellver

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