El sueño de la felicidad

Siempre se ha dicho que no es más feliz el que más tiene, sino aquel que sabe valorar lo que posee. Por otra parte en una vida llena de tensiones de toda índole, la felicidad es un estado de paz interior al que en muchas ocasiones le asaltan las preocupaciones y los problemas que, sin embargo, no consiguen perturbar más de lo razonable.

Ser feliz por tanto, es una opción y la religión tiene un componente catártico en este sentido. Porque nos envuelve la esperanza, porque nos acerca a los demás, y porque es una larga travesía para aprender a amar sin egoísmos.

Y la vida es también un largo aprendizaje del que vamos sacando experiencias que nos enfrentan a nuestras zonas oscuras. Llegan las crisis y con ellas la posibilidad de superarlas. El camino es sinuoso, porque no somos clones, cada uno lleva su historia en la mochila personal y carga con ella toda su vida.

A medida que pasan los años, vemos el pasado como un largo túnel por el que hemos ido circulando y eligiendo situaciones, decidiendo ante conflictos, superando dificultades. No obstante, la oración y los sacramentos son grandes catalizadores de bienestar interior. No en vano se nos envía a ir en paz, nos deseamos la paz y oramos por todos para que existan los dos tipos de paz, la de ausencia de guerras, y la de aceptación de problemas sin ser vapuleados por ellos.

Cuando llega la enfermedad, es el mejor momento para ofrecer la propia debilidad por los demás, para su bienestar. Si algo tiene el sufrimiento físico o psíquico, es que nos acerca al crucificado. Nos hace sentir en sintonía con la oración de Getsemaní, con el pavor ante el sufrimiento.

Pero no está en nuestras manos, nada más que un abandono pasivo a la voluntad de Dios. Si hemos de pasar por el mal trago del dolor, que al menos este sea ofrecido. Y si hemos de sentirnos inútiles en nuestra enfermedad, que también sea esta la ocasión para donarse.

Estar despiertos y vigilantes sobre nuestros propios sentimientos y deseos es hoy más difícil que nunca, con las nuevas tecnologías que absorben el tiempo que otras ocasiones dedicábamos a una puesta de sol, a un paisaje en el horizonte, a la contemplación de las mismas personas yendo o viniendo.

Por eso guardar tiempo para entrar en nuestro interior es ya una necesidad imperiosa. Y eso no significa rechazar las tecnologías, que nos permiten llevar el evangelio u otras lecturas a mano, de manera que entramos en una dinámica donde lo que importa es conectar con el interior, bien sea por meditación o por oración mental o vocal.

¿Y esto puede dar felicidad?. En la medida que nos vaciamos un poco de nosotros mismos, vamos encontrando el equilibrio interior. Pero siempre tenemos la presencia de Alguien que va junto a nosotros. Esto es muy importante, porque rompe con el zen o con cualquier otro método de meditación.

En esta Cuaresma apostamos por dar un poco más de nuestro tiempo al Señor, de guardar momentos puntuales para el encuentro. Y desde luego hay etapas donde la sequedad predomina pero entonces la oración vocal de una frase como un mantra puede ser nuestra compañía a lo largo de todo el día.

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Acerca de Carmen Bellver

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