Fallas Patrimonio Inmaterial de la Humanidad

Cuando llegan las Fallas estamos a un paso de la primavera, algo que se hace notar en el atuendo típico de los trajes huertanos, el colorido nos recuerda los campos floridos y la alegría de la música nos lleva a vivir la fiesta en la calle. Quien no conoce Valencia o sus alrededores en estas fechas, no puede imaginar la cantidad de gente que se aglomera por todos los rincones de la ciudad.

Quienes de verdad viven estas fiestas son los falleros y falleras, con una pasión enamorada de su falla, de su casal, de su comisión que trabaja con denuedo todo el año organizando actos y rifas para conseguir el importe suficiente que elevará los ninots en una hoguera consumiendo toda la crítica puesta en el asador durante estas fechas.

Hay dos puntales fundamentales que nadie puede obviar: la devoción a San José, artesano, puesto en un lugar discreto en la vida de Jesús, pero presente en su formación como persona. Y la pasión por la Mare de Déu del Desamparats, que aglutinará durante dos tardes seguidas el desfile por todo el centro de Valencia hasta la imagen de la virgen que se reviste de flores.

Los vestidores de la virgen llevan 30 años como voluntarios en este oficio de construir el manto de la Mare de Déu. Y los falleros y falleras llevan su voluntariado durante todo el año con un plus de dedicación en estos dos días finales antes de San José.

El olor a la pólvora y a los buñuelos y el chocolate, se mezclan con las típicas tapas de los bares abiertos en grandes terrazas por toda Valencia. Es una explosión de color, ritmo, poesía gustativa y algunos inconvenientes, que no voy a nombrar. Porque lo que me gusta destacar es ese esfuerzo continuo de dedicación que cada fallero suda cada día, para que la fiesta siga en vigor. Unas Fallas convertidas este año en Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Unas fallas que cuando caen envueltas en glebas de fuego, están ya diseñando el futuro entramado de las del año siguiente.

Es sabido que la religiosidad se vive de manera particular en estos falleros y falleras que acuden a todos los actos con pleno convencimiento. Y tal vez sea éste el único del año que les lleva a venerar un sentimiento espiritual apagado que se enciende con fervor en estas fechas.

No nos importa que las autoridades dejen vacío el banquillo en la misa de San José, están dispuestos a seguir con la fiesta, aunque su laicismo trasnochado se ejerza con libertad.

Sin embargo, cuando el sonido de las campanas quiso ser silenciado por el Consistorio, la mayor parte de falleros y falleras se sintieron agraviados en lo más hondo de su fibra. Porque para ellos el volteo de las campanas suena a fiesta, suena a fallas. Y el ruido es un componente básico en nuestra tierra. Que con los castillos y mascletás ha hecho obras musicales impresionantes, obras visuales inimaginables.

Vivamos las fallas con los inconvenientes de calles cortadas y ruidos a todas horas, son tres días de poco dormir y mucho disfrutar.

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Acerca de Carmen Bellver

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