¿Por qué me has visto has creído?. Bienaventurados quienes creen sin haber visto

En esta octava de Pascua hemos ido recorriendo las apariciones del Resucitado, quien ha suscitado estupor, miedo, alegría, un conjunto se sentimientos encontrados. Pero Jesús con sus encuentros por el camino, con su paciencia proverbial, les va preparando para Pentecostés. Hoy no está Tomás presente cuando les indica “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. En este día de la Divina Misericordia, Jesús se aparece a Tomás para que toque sus heridas, luego le dirá ¿Por qué me has visto has creído?. Bienaventurados los que crean sin haber visto”.

Entramos en la dinámica de la fe, tiempo Pascual donde se hace camino al andar. Se van fortaleciendo los ánimos. Surgen los primeros milagros de los discípulos. Aparece el testimonio en cualquier momento y ocasión. Ya están ardiendo sus corazones. Es la presencia de Jesús quien les anima. “No tengáis miedo” les repite insistentemente. “La paz sea con vosotros”, una paz que les aleja del temor, de la duda, de la inseguridad.

Ahora son enviados a proclamar el Evangelio a todo pueblo y nación. Y ese es el camino de la Pascua. Clamar con alegría que Jesús ha resucitado y la muerte no tiene la última palabra.

Todas las devociones son particulares. Hay quienes no creen en ellas, sin embargo la Divina Misericordia instituida por San Juan Pablo II, nos habla precisamente de que Dios es un Padre que siempre está con los brazos abiertos. Alguien que nos ofrecerá la puerta de la conversión, de la vuelta a sus brazos. El único capaz de darnos la paz de corazón. Una paz que nos pone en sus manos con confianza.

Aquellos temerosos discípulos escondidos, huyendo de la gente, ocultándose por miedo al sacrificio, a la muerte. Saldrán por todos los caminos de su tiempo a dar testimonio de lo que han visto y de Jesús Hijo de Dios. Llegarán a ofrendar sus vidas con la paz del Resucitado en sus corazones. Estos son los hechos que leeremos en este tiempo Pascual.

Cuando se acercan los momentos inquietantes de la vida, que nos ponen al límite. Sólo Jesús puede darnos la serenidad suficiente para hacer frente a los mismos. Él es con su paz quien sosiega nuestra turbación, nuestro miedo, nuestra inquietud.

Ponerse en las manos del Señor es el mejor camino para disipar las sombras que acechan inquietantes.
De nuevo Feliz Pascua, amigos. ¡Aleluya
!.

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Acerca de Carmen Bellver

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