“Señor, sálvame”

El Evangelio del día siempre nos da a pista por donde guiar nuestros pasos. Hoy es uno de esos días en que la barca zarandeada por la tormenta simboliza esa Iglesia cuyos acontecimientos a veces parecen hacerla zozobrar. Sin embargo la presencia de Jesús caminando por las aguas, se presenta perturbadora ante los apóstoles quienes creen ver un fantasma. Son las palabras del Señor las que apuestan por la fe y la confianza: “No tengáis miedo”. Les dice Y Pedro pone a prueba su propia fe al pedirle “Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua”.

Sin embargo los acontecimientos adversos, el miedo, la propia tempestad, hacen que Pedro tenga que suplicar: “Señor, sálvame”. Pues bien en nuestra vida cotidiana sufrimos de esas tempestades que nos aterrorizan, padecemos enfermedades, dificultades laborales, problemas personales. Ante ellos la fe parece difuminarse, nos sentimos perdidos. La oración se vuelve frágil, la confianza queda abatida. Y sólo hay que tener muy claro una súplica: Señor, sálvame”. Con esa firmeza que da el saber que el Señor nos ha dicho que no tengamos miedo, pero nos ha reprochado nuestra falta de fe.<!

Pidamos aumentar nuestra fe, para que sea el Señor quien nos coja de la mano y nos lleve por el camino adecuado.
Esa fe y esa confianza en la misericordia de Dios, llena nuestras alforjas del alimento que precisamos para seguir caminando, con dudas e incertidumbres, pero en la seguridad de que no vamos solos.

Y confiemos que todos vamos en la misma barca, que formamos parte de la comunión de los santos. Que nuestras plegarias siempre son escuchadas, aunque no se nos conceda aquello que pedimos. Porque los caminos del Señor no son nuestros caminos. Porque el abandono en sus manos es un salto al vacío en la seguridad que hay una red que nos va a sostener.

Os suplico que os acordéis siempre en horas bajas de orar por quienes también tienen sus momentos de debilidad. En la seguridad de que la fuerza de la oración si no nos concede lo que pedimos, sí puede darnos la paz del Señor, la serenidad y la fortaleza para afrontar cualquier adversidad.

Esa mano tendida a Pedro por parte de Jesús para rescatarlo de las aguas, es la mano que siempre nos tiende el Señor en cualquier circunstancia. La mano que siempre nos rescatará pero como Elías no será en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego. El Señor se manifiesta en la brisa suave, en lo cotidiano, no en lo extraordinario.
Confiemos en escuchar esa brisa que Elías supo identificar como la voz de Dios.

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Acerca de Carmen Bellver

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