¡Aleluya!. ¡Cristo ha resucitado!

¡Feliz Pascua de Resurrección a todos!. El Señor sigue vivo y presente cada vez que ponemos en práctica sus enseñanzas. Sigue vivo cuando consolamos afligidos; curamos enfermos; repartimos el pan con quien lo necesita; donamos gratuitamente nuestro tiempo por amor.

Que la fuerza del Resucitado siga obrando el prodigio del amor en el mundo, aunque eso no sea noticia de portada. Aunque se realice con la discreción de esta Resurrección comunicada tan sólo a las mujeres, prácticamente el ser menos fiable en la sociedad patriarcal de su tiempo para dar testimonio.

Así son las cosas de Jesús, se salen de la dinámica de este mundo, orbitan en otros ángulos que no se perciben nada más que con los ojos de la fe. No siguen sorprendiendo cada día y nos hacen entender aquello que verdaderamente vale la pena.

Buena Pascua

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La sublime gracia de la Redención del mundo

Entramos en la Semana Santa y en los actos litúrgicos más importantes de nuestra fe. Reconozco que la Pasión y muerte del Señor y su Resurrección me llenan de esperanza en la vida. Porque son el triunfo palpable del bien sobre el mal. Pero me cuesta entender esa dinámica de devolver bien por mal; de perdonar las injurias. De soportar estructuras podridas que atentan contra la dignidad de las personas. Me hierve la sangre ante el dolor y el sufrimiento que nos provocamos unos a otros.

Y sin embargo el Evangelio es un itinerario donde se soporta el poder de una Roma Imperial sin sublevarse ante unos dioses paganos; se soporta el dolor de los enfermos, invitando a curarles las heridas como el buen Samaritano; se sacia a los hambrientos compartiendo de lo que se tiene entre todos y se obra el milagro de la multiplicación. Y todo ello sucede en un remoto rincón del planeta. Sin la ostentación y el poder que se le supone a un Rey que ha venido a transformar el mundo y a salvar a la humanidad.

El trazado por los polvorientos caminos de Palestina del siglo I que ha supuesto tanto para la humanidad, sucede de la manera más intimista que se pueda imaginar. Entre pequeños grupos de seguidores que son testigos de palabras y hechos milagrosos. De una llamada a la conversión personal para poder construir un mundo fraterno. Y que tardarán mucho en comprender que Jesús no ha venido a imponer la dinámica del reino al estilo del mundo.

Sin embargo seguimos preguntándonos por el silencio de Dios frente al mal y sólo nos encontramos una cruz en el Gólgota y un grito desgarrador de quien se siente abandonado, impotente, derrotado, hasta reclinar su cabeza confiando en que todo aquello es necesario para cumplir la voluntad de Dios. Y todos estos acontecimientos que vamos a vivir han llenado tratados de teología, pero también han provocado la chispa de la fe allí donde nada parecía poder nacer.

Creer que todo lo que pidamos al padre en el nombre de Jesús se nos puede conceder, es un acto de fe proclamado en el Evangelio. Por eso seguimos reuniéndonos para celebrar que el Cuerpo y la Sangre de Cristo nos transforma de tal manera que nos hace partícipes de la redención. En palabras de San Pablo: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia vida, santa y grata a Dios: este es vuestro culto racional». (Romanos). Y de esa manera podemos seguir entendiendo el misterio del dolor en el mundo: «Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabedores de que la tribulación produce la paciencia; la paciencia, una virtud probada, y la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado». (Romanos).

Y los frutos del Espíritu obrando en cada uno de nosotros ni nos atribulan, ni nos hunden, sino que nos hace resurgir de las cenizas como el Ave Fénix. Porque encontramos sentido a todo aquello que va sucediendo en nuestra vida. Aunque ello nunca evite momentos de oscuridad y de abatimiento, que son humanos y naturales. No obstante, gracias a la comunión de los santos y a la fraternidad que nos une, nos apoyamos unos en otros.

Que esta Semana nos haga más partícipes de esa humanidad doliente a la que estamos llamados a llevar la luz de la fe y de la esperanza.

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Funeral de Estado que levanta ampollas por el discurso de monseñor Rouco

El odio es un sentimiento enfermizo que perjudica notablemente a quien lo sufre. Es una pasión destructiva y subjetiva que obnubila el entendimiento. Hay personajes públicos que comenten y han cometido numerosos errores. Hay situaciones especiales como el funeral de Estado de Don Adolfo Suárez que une a personas dispares en un mismo reconocimiento. Pero o yo no sé leer. O lo que se ha publicado en algunos medios no son más que titulares infames que atribuyen a monseñor Rouco un avivar sentimientos horripilantes. Un referirse al pasado como si el presente fuera un amago de que aquellos tiempos que la Transición tuvo a bien restañar. Y otros con menos vergüenza intentaron resucitar desde determinados medios.

No me cabe duda de que la lectura realizada por algunos ha sido parcial y sesgada. Porque, ciertamente, la realidad actual nada tiene que ver con el pasado, pero el vivero de crispación al que nos somete la casta política tiene mucho de criticable. Y llamar a la conciliación, a la visión de Estado, a restañar heridas y construir el futuro en base a la concordia. No tiene nada de extraordinario y es todo un ejercicio de sentido común.

La triste realidad es que desde algunos ámbitos se han avivado hogueras que pueden traer terribles consecuencias. Y la crispación social se está polarizando a marchas forzadas. España está en crisis. La transición ha sido periclitada. Y desde la monarquía, pasando por el parlamento, el poder judicial y demás órganos del Estado. La realidad deja mucho que desear.

Hay una casta política que no asume sus errores y por eso no ha soportado el noble ejercicio del consejo sabio y prudente de monseñor Rouco. Y para que no se dejen llevar por cantos de sirenas les dejo con el texto íntegro que tantas iras ha desatado entre quienes están llamados a procurarnos la concordia y el bienestar. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Ni peor ignorancia que la del que niega falsea la realidad. La historia es madre y maestra. Recordar los errores pasados debe llevar a no repetirlos. Esa es mi lectura del discurso de monseñor Rouco, que me ha parecido muy comedido y acertado en los tiempos que corren.

Recordar el legado de Don Adolfo Suárez es precisamente llamar a la razón y no a los partidismos e intereses particulares. Pero juzguen ustedes en base a los hechos:

Homilía del cardenal Rouco en el funeral de Estado por Adolfo Suárez

1.- Los restos mortales de nuestro hermano Adolfo (q.e.g.e.) descansan ya en el Claustro de la Catedral de Ávila, la ciudad de Teresa de Jesús, aquella santa castellana que “moría porque no moría”. Morir por el verdadero amor y morir amando de verdad es señal inequívoca de la fecundidad de una vida comprendida y cumplida a la luz del Misterio de Aquél que “murió por todos para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5,15). El Misterio de Cristo, Hijo del hombre e Hijo de Dios, es el Misterio del Amor de Dios al hombre, el Misterio del amor más grande, del que hacemos memoria en esta celebración eucarística por nuestro querido hermano Adolfo, cuya vida al servicio de España nos resulta inexplicable sin la fuerza inspiradora y motivadora del amor cristiano. Al avivar los recuerdos de su larga, limpia y generosa trayectoria en esta hora de la prueba decisiva, que es la muerte, y al hacerlos presentes en la memoria eucarística, ¿no se nos impone el convencimiento de que a él también le apremiaba el amor de Cristo, del que hablaba San Pablo a los fieles de Corinto? Su familia, sus queridos hijos y nietos, dirán sin vacilar: ¡que sí!

2. Su plegaria es hoy nuestra plegaria, la plegaria de la Iglesia en España. ¡Es la plegaria de España! Lo confirman la presencia en esta Santa Misa de Sus Majestades los Reyes, de sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, de los representantes de las más altas instituciones del Estado, de numerosos fieles, ciudadanos de Madrid y procedentes de otros lugares de la geografía patria, y de los que están siguiendo la ceremonia por las pantallas de televisión. Son el eco y el testimonio emocionado de profundos y nobles sentimientos de aprecio, estima y gratitud sinceras para con aquella persona que sirvió a los españoles con rectitud y fortaleza ejemplares en uno de los momentos más cruciales y delicados de su historia contemporánea. Es la nobleza de corazón de tantos creyentes y de tanta gente sencilla y de buena voluntad que se expresó espontáneamente desfilando en largas e interminables colas ante su cadáver para rendirle un último homenaje de reconocimiento a su persona y que se manifiesta, sobre todo ahora, en la oración por él y, ¿cómo no?, también por España. El Papa Francisco nos ha llamado reiteradamente la atención sobre el valor de la fe del pueblo sencillo para acertar en el discernimiento de lo que hay de verdad y de bien en las personas y en los acontecimientos que marcan los caminos de la historia. Es esa conciencia sana de las almas sencillas la que ha atisbado y juzgado con acierto que, para comprender y valorar el significado más profundo de lo que sostuvo la vida y de lo que ha sido la muerte del que fue Presidente del Gobierno Español durante casi un lustro, D. Adolfo Suárez, no se pueden olvidar las palabras de Jesús cuando aseguraba a sus discípulos: “que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

3. “No valoramos a nadie según la carne” (2 Cor 5,16), decía San Pablo de sí mismo. La tentación de juzgar la vida de las personas y de la propia existencia “según la carne” es muy poderosa. Había vencido incluso al propio Pablo, “el Apóstol de los Gentiles”, a la hora del reconocimiento de quién era y de qué significaba Cristo para él y para el hombre de todos los tiempos y lugares. “Si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne –confiesa él–, ahora ya no” (2 Cor 5,16). Huir del juicio según la carne para juzgar según el Espíritu es lo que nos posibilita la imprescindible apertura de la mente y del corazón para admitir y aceptar nuestra deuda con nuestro hermano Adolfo, llamado ya por el Señor de la vida y de la muerte a su presencia, y para enfrentarnos honradamente con las consecuencias personales y colectivas que debiéramos extraer de la experiencia de las circunstancias tan complejas, duras y dolorosas que enmarcaron su vida y rodearon su muerte. Mirando al bien de España, a su presente y a su futuro:

- La concordia fue posible con él. ¿Por qué no ha de serlo también ahora y siempre en la vida de los españoles, de sus familias y de sus comunidades históricas? Buscó y practicó tenaz y generosamente la reconciliación en los ámbitos más delicados de la vida política y social de aquella España que, con sus jóvenes, quería superar para siempre la guerra civil: los hechos y las actitudes que la causaron y que la pueden causar.

- Su vuelta a una vida de familia más intensa, dedicada al cuidado tierno y sacrificado de la esposa y de los hijos, después de la retirada dolorosa de la vida pública, y el asumir el largo tiempo de la propia enfermedad, humanamente hablando tan oscuro, haciendo propio el dicho de Jesús –“El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna” (Jn 12,25)– nos han dejado un testimonio ejemplar y, en su prolongado silencio, una advertencia elocuente de cuáles son y deben ser los auténticos y fundamentales valores, los absolutamente necesarios, si se aspira a edificar un tiempo nuevo para la esperanza de nuestra sociedad y de cualquiera otra. En una palabra, si se quiere vivir, y ayudar a vivir a sus jóvenes generaciones en libertad, justicia, solidaridad y paz.

- La forma sobrenatural de su aceptación y de su vivencia del sufrimiento en la difícil y heroica temporada de la enfermedad de su hija y de su amada esposa y en los años crueles de la propia, que él asumió enteramente, hablan de un hombre de arraigada y profunda fe cristiana, muy consciente de que siguiendo y sirviendo a Cristo hasta la Cruz estaría con Él y con sus hermanos, amando en el tiempo y en la eternidad. “El que quiera servirme –decía el Señor– que me siga, y donde esté yo, allá también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará” (Jn 12,26). ¡Una buena y hermosa lección para los católicos de esta España de hondas raíces cristianas llamados con urgencia histórica a ser y servir de fermento de nueva humanidad en medio de sus conciudadanos, afrontando humilde y valientemente el compromiso del amor cristiano con la sociedad y con el pueblo al que pertenecen!

4. Son –¡somos responsables!– de que una gran tradición espiritual, que ha configurado en decisiva medida la historia del alma de España –¡su historia interior!–, no solo no se pierda, sino que renazca como esa “nueva criatura” de la que hablaba San Pablo a los Corintios: “El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado” (2 Cor 5,17). Sí, para nuestro hermano esperamos y pedimos fervientemente al Señor Resucitado que lo nuevo, la verdadera y eterna gloria, haya comenzado ya y que la inmarchitable novedad de Cristo vuelva a florecer en España. El Papa Francisco nos ha puesto a los católicos ante el desafío de ser “Iglesia en salida”. Lo seremos si estamos dispuestos a ser testigos fieles y consecuentes de lo que el Beato Juan Pablo II llamaba “el Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona humana y el Evangelio de la Vida (que) son un único e indivisible Evangelio” (cfr. “Evangelii Gaudium”, 19 y ss.; y “Evangelium Vitae” 12).

5. La Virgen María, la Madre del Señor y Madre nuestra, que ha engendrado en su seno purísimo al Hijo de Dios para que “el hombre viejo” pudiera transformarse en “un hombre nuevo”, llamado a su Gloria, quiera acompañar nuestra plegaria en esta Eucaristía por nuestro querido hermano Adolfo y por España: ¡Ella que es la Madre del Amor Hermoso.
Amén

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¡Señor, abre nuestros ojos!

Para poder seguir el evangelio sólo hay que sentirse seducidos por Jesús, por sus hechos, por sus palabras. Es el primer toque que llega a cualquier corazón, deseamos una sociedad fraterna, llena de bondad y belleza, dispuesta a la ayuda al frágil y desvalido, absorta en las maravillas de la naturaleza y capaz de profundizar en los acontecimientos de la vida buscando siempre el lado positivo. Todo eso es lo que impacta, hasta llegar a la experiencia personal de conversión, donde el corazón queda tocado por la gracia.

Nosotros como creyentes tenemos que hacer visible esa maravilla que subyuga nuestra vida, que nos lleva a aceptar renuncias con alegría, porque estamos convencidos de que vale más alejarnos del pecado que sucumbir a su seducción. Pero también debemos presentarnos con la humildad de nuestra condición pecadora, que se sabe muy alejado de aquello a lo que aspiramos. Estamos envenenados por los ídolos del mundo, por el egoísmo, la ambición, la avaricia, la ira. Y sin embargo apostamos por todo lo contrario, por un mundo fraterno donde el mayor ejemplo que tenemos es el de quien se entrega en manos del mal para hacer palpable el triunfo del bien. Un triunfo discreto, no hay en la Resurrección del Señor campanas y trompetas que anuncien la belleza de una vida nueva y renovada. No hay proclamaciones oficiales. Sólo se aparece a sus discípulos y lo hace en habitaciones cerradas, en lugares alejados de los Templos.

Esa es la gran enseñanza de la fe. Que no deslumbra a los poderosos, porque no sigue sus métodos. Que se manifiesta en el silencio orante de una habitación, en la capilla del Santísimo levemente iluminada. En las manos voluntarias de Cáritas que acuden un día a la semana a gestionar los alimentos del economato. Es decir que la fe, como dice el Evangelio de este domingo, necesita de ojos abiertos a la luz. Y lo que nos encontramos por el camino son ojos como el ciego de este domingo. Un ciego que nunca ha visto la belleza del sol, de las aves del cielo, de las flores del campo. Ese ciego, somos de alguna manera todos aquellos que no sabemos ver la luz del mundo. La verdadera luz que dar razón de nuestra esperanza.

Porque la apuesta por el bien se construye en base a la gracia que se otorga a través de la oración y los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, donde proclamamos que partimos el cuerpo y la sangre para los demás. Conmemoramos ese desprendimiento voluntario y debemos estar convencidos que para alcanzarlo tenemos que ejercitar nuestro corazón y nuestra vida. No existe capacidad de aguante ante los envites de la vida, si no ha habido un camino de ejercicios practicados como los atletas, con voluntad y constancia. Ese es el secreto de cualquier enamorado de Jesús. Tenemos que sentirnos arrastrados a seguir su ejemplo, estar enamorados de su proyecto, convencidos de que vale la pena apostar por el bien frente al mal. Y de que cuando caemos, hay que volver a levantarse con la humildad del sacramento del perdón.

Hoy pedimos que el Señor nos abra los ojos para que veamos con claridad su proyecto. Para que seamos capaces de manifestarlo a otros con la alegría confiada de quien se sabe heredero de una gracia que hay que donarla a los demás. Porque no nos pertenece. Somos enviados en cada misa a proclamar la Buena Nueva. La misericordia del Señor nos ha salvado con su muerte y resurrección. Creamos firmemente que tenemos entre las manos el tesoro por el que vale la pena arriesgar todo lo demás. Feliz semana.

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La fiesta de la vida y la fiesta del perdón

Este fin de semana coinciden dos actos que se suman a otros muchos realizados en otras ciudades. Tomo los datos de la agencia local: VALENCIA, 28 MAR. (AVAN).- La plataforma “Valencia, Sí a la Vida” y la comisión diocesana para la Familia y Defensa de la Vida del Arzobispado de Valencia han organizado para mañana, sábado, el Día de la Vida, con una jornada festiva para familias con música, concursos y testimonios.

La jornada dará comienzo a las 17 horas en la Plaza de la Virgen, incluirá la lectura del “manifiesto a favor de la vida, la mujer y la maternidad”, testimonios familiares y de personas con discapacidad, actuaciones musicales del grupo Kénosis y los cantantes Fran Vianna y Roberto Vega.

VALENCIA, 28 MAR. (AVAN).- La Catedral, la Basílica de la Virgen de los Desamparados y la parroquia de San Martín de Valencia desde hoy, viernes, y hasta mañana, sábado, la jornada “24 horas para el Señor” convocada por el papa Francisco, según han indicado a la agencia AVAN fuentes de la Vicaría de Evangelización del Arzobispado de Valencia.

El papa Francisco ha llamado a toda la Iglesia a participar en esta jornada “como fiesta del Perdón, el perdón que el Señor nos da debe ser celebrado, como el padre de la parábola que celebró el regreso del hijo pródigo y perdonó todos sus pecados”, en palabras del Pontífice.

Son dos noticias que nos sacuden en directo del silencio al que nos tienen acostumbrados los medios. Es raro encontrar estas noticias en periódicos locales. Te tienes que ceñir a los de carácter religioso. Pero incluso en colegios religiosos, estas noticias pasan como gotas de rocío en la ventana. Apenas se destacan, apenas se publicitan, apenas se promueven.

Y parándonos un poco en esos silencios ominosos de los propios creyentes nos vendría bien recordar que estamos llamados a testimoniar la fe que profesamos. La fe al respeto a la vida y a la dignidad de la persona, en tiempos en los que se llega a abducir la mentalidad general con mensajes pro-abortistas o pro eutanasia. Quedando sólo a la voz de la Iglesia como el único defensor de la dignidad del ser humano. Que hay situaciones complicadas, límites, llenas de dolor. Desde luego, pero eso debería llevar a los gobiernos y partidos a promocionar la conciliación laboral y familiar, las ayudas sociales a los discapacitados, el cuidado de los mayores. Esa es la calidad de vida digna que defiende el cristianismo. El que se ha ocupado siempre de cuidar a los enfermos y necesitados.

Que para algunos la Iglesia no contempla los casos difíciles. Es el error que quiere justificar la abominación. Aunque todos sepamos que hay ejemplos poco loables de personas que se dicen religiosas y que faltan a la caridad. Nada justifica el fin de una vida. Si la sociedad no defiende la vida, el futuro del ser humano es la aniquilación por los mismos motivos que se llegó al Holocausto. Y hay grandes holocaustos en nuestra sociedad actual. Por eso ser progresista el defender las condiciones de vida dignas de todos, incluidos los disminuidos físicos y los enfermos terminales.

Por otra parte la segunda convocatoria nos habla de una necesidad imperiosa que se vislumbra con gran esperanza. La Iglesia es un lugar de oración y de encuentro. Y no puede ser que las encontremos cerradas. Los fieles y los sacerdotes deberían cuidar en ese aspecto de que siempre alguien estuviera dispuesto a mantener las puertas abiertas. Porque si nos limitamos a expedir sacramentos, poco evangelizaremos. La jornada del perdón con puertas abiertas durante 48 horas es un buen principio. Pero no hablar de la necesidad de ese perdón desde los púlpitos. Y no mantenerse dispuestos a rezar el breviario en el confesionario por parte de quien debe estar disponible las veinticuatro horas del día al servicio de todos. Es el ejemplo palpable al que nos han ido acostumbrando en los últimos años. Luego, no nos quejemos de que cada día hay menos gente en las Iglesias.

La jornada “24 horas para el Señor” ha sido organizada por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización y se dirige “a toda la Iglesia, con la intención de ser capaz de crear una tradición que se repita anualmente el cuarto domingo de Cuaresma”, según palabras del arzobispo Rino Fisichella, presidente de este Consejo Pontificio.

Enhorabuena por esa iniciativa, pero que no se quede exclusivamente para el cuarto domingo de Cuaresma, porque todos los días del año son días para el Señor.

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El silencio de Dios

El silencio de Dios es una experiencia aplastante. No son pocos quienes sucumben bajo su peso. Sin embargo la larga trayectoria orante de la Iglesia ha encontrado numerosas vías para entablar diálogo con el Señor. La más complicada sin lugar a dudas es la de la quietud. Mantenerse frente al Sagrario en adoración, sin verbalizar ninguna jaculatoria, sabiendo que Dios está ahí y que tú le haces compañía, requiere cierto grado de heroicidad y confianza. Porque es estar seguros que El sabe lo que necesitas y que tú sólo debes estar disponible. Que El es tu amigo, aunque no entiendas el sentido de lo que sucede a lo largo de tu vida.

Ante la vorágine de los tiempos que nos han tocado vivir, es obvio que resulta cada día más difícil encontrar momentos de adoración, de contemplación, de oración. Acumulamos acontecimientos y todo lo más llegamos a casa con deseos de distraernos, más que de encontrarnos interiormente. Lo cierto es que la fe lleva unas buenas dosis de psicología milenaria impregnada en sus entrañas. El hecho de que realicemos un pequeño examen diario de nuestra vida, en relación a Dios, nos pone siempre de rodillas ante la inmensa distancia que existe entre lo que somos y lo que deberíamos ser como cristianos. Y reconocernos pecadores, llenos de aristas que hay que limar, es a veces una misión que nos parece imposible. Ante ella solo cabe doblarse de rodillas y suplicar que en lo posible la gracia ponga de su parte aquello que a nosotros nos falta.

Y ahí, en la contemplación silenciosa del abismo que hay entre nuestras mediocridades y los nobles impulsos de la fe. Está siempre la mano tendida de quien todo lo sabe y lo comprende. Por eso, cuando peor estamos es cuando más cerca nos encontramos de Dios. No es cuestión de tener grandes consolaciones místicas, seguridades aplastantes, probablemente lo mejor es la confianza y la tenacidad. Y tenemos la mejor oración para superar las pruebas adversas, el rezo del rosario es sencillamente la recitación de las oraciones más importantes del cristiano. Y todas ellas meditando la vida de Jesucristo y sus hechos más importantes. El rosario, puede ser una buena manera de asirnos en momentos de sequedad a quien todo lo puede. Solo hay que confiar que como el rocío calará la tierra hasta hacer germinar los frutos.

Pero no recemos para conseguir méritos, para ganar puntos en el futuro. Recemos sencillamente porque es el alimento que nos nutre como la savia de las plantas. Y produce el efecto de ser conscientes de que estamos en conexión con la parte que más nos interesa de nuestra vida, el lado espiritual, el único que nos sobrevivirá. Decía el Papa Francisco que no sabe quién es más importante en la Iglesia, si la viejecita que ora en la parroquia todos los días o el mismísimo Santo Padre. Porque en realidad, la importancia no se mide en la fe por los mismos baremos que en la vida.

Y de eso tenemos sobradas pruebas cuando leemos los Evangelios. La importancia a los ojos de Dios se escapa de nuestra mirada. Busca a los pecadores, se ofrece a los enfermos, derrama su compasión sobre los afligidos. Y está bastante lejos de los cumplidores o respetables muñidores de lo sagrado. En ese sentido debemos dar gracias de ser tan especiales a los ojos del Señor. De ser mirados de una manera como nadie es capaz de mirarnos. De sabernos comprendidos y amados incluso con nuestros pecados a cuestas.

Que profesemos una fe que nos enseña a amar a los enemigos y perdonarlos debería hacernos hincar más las rodillas, porque es evidente que sólo sabiendo mirar como Jesús seremos capaces de semejante proeza. Que el Señor en su misericordia nos ayude a ser mansos y pacíficos a su imagen y semejanza.

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Adolfo Suárez y su precipitado obituario

Puede que consideren poco afortunado hablar de un tema tan delicado, pero creo que merece la pena usar el sentido común. No tengo nada contra Adolfo Suárez, al contrario, me pareció siempre un hombre providencial e íntegro. Con tanta marcha por la dignidad, tengo que señalar que su vida está llena de actos que reflejan esa virtud. Sin embargo, me ha sorprendido que se utilizara su presunto e inminente fallecimiento para fumigar los medios con obituarios que todavía carecen de sentido. Uno debe respeto al dolor ajeno y el silencio es mejor consejero antes que caer en airear agonías por muy ilustres que sean.

Adolfo Suárez ha tenido ya muchos homenajes en vida. Todos le han reconocido su gran labor al frente del timón de la Transición. Merece un funeral de Estado y el reconocimiento público a su trayectoria. Pero este ir relatando como se apaga su vida, es propio de una sociedad enfermiza que necesita carnaza para distraerse. Me subleva que ante la situación actual llena de problemas gravísimos, se destape una espita que ha explotado en todos los medios. Lo han matado antes de tiempo. Lo han utilizado una vez más como un vulgar reality show, que sirve para apagar otras noticias relevantes.

¿Ha sido algo premeditado?. No lo podría asegurar, pero me parece una falta de tacto por parte del portavoz familiar. En especial cuando han sabido llevar con magistral serenidad la enfermedad del ex presidente durante tantos años. Precisamente hoy hablaba el Papa Francisco con los medios y les acusaba de tres pecados imperdonables: la desinformación calculada, la calumnia y la difamación. No quisiera levantar la sospecha de que el inminente óbito de Adolfo Suárez ha estado precisamente instrumentalizado en momentos de crispación social, pero es obvio que los medios de comunicación están al servicio de intereses muy concretos. Y eso, resulta cada día más evidente, creando una falta de confianza que es un cáncer para la paz social y la buena convivencia.

Si la información sigue manipulándose de manera tan soez, terminaremos por buscar alternativas que den lugar a nuevas formas de comunicación. La prensa, la radio y la televisión están en crisis porque caen con frecuencia en el peor error del ser humano. El de confundir los fines con los medios. Y ningún fin puede justificar determinados medios. Al menos, si se desea mantener esa dignidad y respetabilidad que tantos hombres han sabido labrarse en el pasado y que hoy está devaluada por toda la sociedad.

Adolfo Suárez tuvo sus errores que la historia juzgará con benevolencia, porque fueron más los aciertos y ante todo se mantuvo como un hombre de Estado y no de intereses ocultos, como tantos otros que le precedieron con más fortuna pero menos honestidad. Y la situación actual de España es fruto precisamente de la falta de dignidad de una clase política que una vez hecha la transición, se dedicó a navegar en la corruptela y la buena vida. Sin merecer el honor que la ciudadanía les otorgaba.

Si al menos su muerte sirve para hacer una profunda reflexión sobre los valores que deben caracterizar a los hombres de Estado. Habrá servido para algo más que la distracción general y el obituario simplista al que nos están bombardeando. Porque la triste realidad es que la herencia de la Transición ha sido dilapidada con frivolidad desde todos los ámbitos sociales. Y precisamente ahora la estamos enterrando sin que se vislumbre un horizonte de esperanza como se vivió en aquellos tiempos convulsos. Que El Señor acoja con misericordia el alma de este hombre que llevó sobre sus espaldas cargas personales y sociales de enorme peso y trascendencia.

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