“Que no te la cuenten”

El libro trata del evolucionismo, de la oscura edad media, de las cruzadas, la Inquisición, el caso Galileo, el descubrimiento y la conquista de América hasta llegar al dogma de la Revolución Francesa. Un buen recorrido histórico lleno de citas eruditas que nos remiten a otras fuentes y donde se desmontan los mitos y las leyendas negras.

Recomiendo su lectura que es fácil y que comienza con una cita premonitoria “Quien controla el presente controla el pasado. Quien controla el pasado controla el futuro “George Orwell, 1984” . No en vano se habla del cuarto poder cuando nos referimos a los medios. Hoy en día los plumillas que están a un lado u otro del devenir de los tiempos, marcan la agenda del pensamiento común.

Ese que no te la cuenten, que no te enreden. Bebe de las fuentes. Acude a lo cierto, no te dejes devanar los sesos por manifiestos o publicaciones que no tienen otro objetivo que marear la perdiz. La Verdad, suele ser una dama que se esconde velada en tules y que hay que desvelar.

En estos tiempos la Iglesia vive una de sus eclosiones mediáticas más proclives a la confusión. Tenemos teólogos de todas las tendencias que se agrupan para argumentar sobre lo humano y lo divino. Y tenemos una manipulación evidente de noticias que no están tanto en lo que se cuenta como en la manera de contarlo. Lo que supone una gran diferencia.

Que no te la cuenten del P. Javier Olivera, nos enseña precisamente como la historia es manipulada en múltiples ocasiones. Siempre se ha dicho que la historia la relatan los vencedores. Hoy nuestra historia es difícil de descubrir. Nos preguntamos por los acontecimientos de los que formamos parte y resulta complicado tener las luces precisas para discernir qué es lo que sucede en Oriente, en Grecia, en la política española. Y también resulta difícil de dirimir esa lucha soterrada entre facciones dentro de la Iglesia que se van aventando a medida que se aproxima el Sínodo de la Familia.

Facciones donde se argumenta sobre los divorciados y vueltos a casar, sobre el matrimonio homosexual, sobre el celibato opcional, sobre el sacerdocio femenino. Facciones que hacen muy difícil encontrar un resquicio de luz entre tanta oscuridad. Y esa luz, llamea como una luciérnaga en los escritos de la Tradición. Se mantiene firme y somos herederos directos de la misma.

Que no te la cuenten hoy, es acudir a las fuentes y dejar a los embaucadores de serpientes. Pero resulta difícil si no hay apologetas expertos que lleven un poco de cordura a los titulares que tanto nos distraen. Me atrevo a suponer que todos estos temas son fruto de los tiempos que vivimos. Temas que han supuesto una gran crisis en la Iglesia de los últimos cincuenta años. Se ha perdido la hegemonía de la cruz como símbolo que une los pueblos y las leyes. Se ha diluido en la masa atomizada de los medios audiovisuales, que marcan la agenda y los tiempos.

Hace siglos era difícil que entre generaciones hubiera las diferencias que existen hoy entre padres e hijos. Fruto de ese devenir histórico a velocidad de crucero que nos bombardea culturalmente, por medio de determinado programas televisivos, que son la ventana educadora de nuestros hijos.

Hoy es difícil respetar los tiempos, medir los acontecimientos, situarse de un lado u otro. Porque lo que reina es una confusión de pensamiento lábil. Que no te la cuenten, es la divisa que debemos mantener en alto para no ser abducidos por la falsedad. Ojalá el próximo Sínodo nos muestre el nuevo tiempo de la Iglesia siempre renovada y siempre firme en los pilares que la sustentan.

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Los flujos migratorios y la crisis humanitaria

Estamos asistiendo a la mayor crisis humanitaria que se recuerda en los últimos años. Desde luego tan importante como la que se dio durante la segunda guerra mundial. Hay unos inmigrantes que huyen de la guerra y necesitan refugio en los países más cercanos. Todos somos responsables de dar paso a estos refugiados de conflictos enquistados durante años. Hay otros inmigrantes que huyen de la pobreza de su país, buscando el dorado europeo que les ofrezca una vida digna y caen por miles ahogados en el mediterráneo o desnutridos por las áridas tierras de África.No hace mucho un obispo les pedía que no se marchasen del país. Que hicieran frente con su juventud y empuje a la trasformación de su tierra. Que no piensen que más allá está la solución a todos sus problemas. Casi con toda certeza se encontrarán en el inicio de una vía crucis permanente. En el submundo de la ciudad europea malviven estos emigrantes que desean con todo derecho un mundo mejor para los suyos.

Es de elemental juicio que a la solución de los refugiados de guerra deben acudir con prontitud las organizaciones de ayuda humanitaria internacional. Y que todos los países del entorno de los que están en conflicto, tienen la obligación moral de prestar ayuda. Lo proclaman en sus tratados los países y naciones del mundo. Lo llevan a cabo organizaciones como ACNUR o la Cruz Roja
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Sólo la paz y un gobierno justo frenaría estas avalanchas que como las hordas de Atila están arrasando Europa en un flujo migratorio que es imposible asumir, por falta de estructuras y por la grave crisis económica y social que golpea a la vieja Europa. Difícil mantener a una población condenada a la exclusión y la pobreza, al trapicheo y la subsistencia de caridad.

Si hay algo que está claro, pese a todo. Es que por el más mínimo sentido de humanidad no podemos darles la espalda y cerrarles las puertas. Pero si podemos trasmitir a los gobernantes la responsabilidad que tienen en este conflicto migratorio. Son paupérrimas las condiciones de vida en países ricos en recursos naturales, esquilmados por el colonialismo y el imperialismo de los ricos países del norte.

Sólo con que hubiera un mínimo de equidad en las relaciones comerciales de estos países, podrían subsistir dignamente. Si no fuera porque han fomentado los gobiernos corruptos y títeres al servicio del capital.
África es un continente rico cuyo flujo migratorio puede frenarse con unos gobiernos que realmente se ocupen del bien común. Y Oriente, desgarrado por las guerras, puede también encontrar soluciones a su sinrazón fanática y destructiva. Todo ello es posible si los diferentes países que negocian con armas, frenasen ese trapicheo asesino que permite las guerras. Es una vergüenza que Europa esté suministrando armas a los países en conflicto. La responsabilidad moral de esas muertes se encuentra en una cultura de la guerra y no en una cultura de la paz.

Como pide el Papa Francisco, roguemos para que la paz regrese a tantos hogares destrozados y la emigración deje de ser un problema humanitario, creado por la avaricia de los dioses de la guerra y del capital.

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“Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello”

Sigue produciendo escalofríos leer el Evangelio de hoy. A mí me deja sin palabras y con el corazón encogido, por la dureza con la que trata a personas que en apariencia son cumplidoras y religiosas:

En aquel tiempo, habló Jesús diciendo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que filtráis el mosquito y os tragáis el camello! ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis rebosando de robo y desenfreno! ¡Fariseo ciego!, limpia primero la copa por dentro, y así quedará limpia también por fuera.» san Mateo (23,23-26)

Como todos entramos dentro del mismo saco no voy a ser yo la que tire la primera piedra. Pero sí me llama la atención que en el cumplimiento de la ley Jesús no la elude:

“Esto es lo que habría que practicar, aunque sin descuidar aquello”

De manera que la frivolidad con la que en muchas ocasiones acudimos a la Eucaristía es para dar un toque de atención. Tenemos que limpiarnos por dentro, por ahí por donde nadie ve nuestras malas obras. Nuestra falta de compasión o de sinceridad. Limpiarnos por dentro es algo realmente difícil, porque tendemos a dejarnos llevar. No es fácil, no, seguir la cruz de Cristo. Y amar a los demás no es un vago sentimiento de compasión exclusivamente, sino un actuar buscando la justicia y el bien del otro.

Y esto no afecta exclusivamente a religiosos o sacerdotes, por ser la casta que más se aproxima a los escribas y fariseos. El Evangelio es para aplicarlo a cada uno de nosotros y nos debe hablar al corazón de manera personal.
Por eso insisto que resulta complicado el seguimiento de Jesús. Tal vez por ello Él mismo nos enseñó a orar y pedir al Padre aquello que nos hace falta. Nos enseñó la mejor oración de todas. Una oración de alabanza, de acción de gracias, de petición, de perdón por nuestras ofensas. Una oración que resume todo aquello que debemos llevar ante el altar.

En este Sínodo de la Familia, con tantos dimes y diretes, nada mejor que orar para que se cumpla la voluntad de Dios, que es en definitiva lo único que debemos buscar. No nuestros mezquinos intereses personales, sino a semejanza de Jesús clamar porque se cumpla la voluntad del Padre. Para que de alguna manera no seamos fariseos hipócritas que aparentan lo que no existe en su interior.

Echamos en falta que este sistema corrupto, denunciado por el Papa Francisco, como inhumano, sea cada día vituperado proclamando que la corrupción que nos envuelve es tan sutil como el mal. Afecta en pequeñas dosis a todo el estrato social y cada uno debe mirar donde tiene que analizarse, para que la copa esté limpia por fuera y por dentro.

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Convierten la misericordia en puro merengue

En nuestra sociedad el talento es una combinación misteriosa en la que entra el factor suerte. Y la santidad es por así decirlo, un talento especial que lleva hacia la divinidad. Y que como todos sabemos alza a unos en peana y a otros los deja para el 1 de noviembre. Pero lo que sí que tienen en común talento y santidad, es el esfuerzo y la perseverancia. La sociedad merengue ni tiene talento ni aspira a la santidad. La sociedad merengue quiere reducir la vida a una cómodo pago a plazos, donde se compra el eternidad en rebajas.

Algunos teólogos disertan sobre lo divino dentro de esa sociedad del merengue. Buscando bajar el listón apelando a la misericordia. Y como no somos jueces nos quedamos todos mohínos de ver en qué poca cosa se estima la santidad de vida. Queremos reformas que se acomoden a los tiempos en que vivimos. Pero señores estos tiempos son pura antítesis de lo que predica el Evangelio. Son tiempos donde la unión de dos personas dura el soplo de una noche de verano. Tiempos donde el buen vivir olvida las necesidades del vecino. Tiempos de uniones imposibles que afectan directamente a la antropología del ser humano. Tiempos de envidias, iras, y toda la retahíla de pecados capitales disfrazados de buenas costumbres.

Costumbres que hacen perder el pudor a los jóvenes, que no valoran la honestidad como denominación de origen. Costumbres que nos abducen frente a la caja tonta y nos dejan pintadas las uñas de verde esmeralda, porque es lo último que se lleva.

En el mismo sentido navegan algunos teólogos que discrepan de la misa como un rito que carece de sentido. Y por contra no explican que toda la misa está centrada en el sacrificio Eucarístico. Nos hace falta apelar más a la oración como reconocimiento humilde de nuestra condición pecadora, que sólo desea lo dulce, el merengue y la mal interpretada misericordia.

Porque la misericordia no es callar cuando vemos que hay algo que no está de acuerdo con la voluntad de Dios. No es misericordia dejar que el amigo tropiece una y otra vez en la misma piedra. Las iglesias volverán a estar llenas cuando vivamos intensamente el sacrificio eucarístico y la oración. Y el cristianismo dejará de estar devaluado cuando aspiremos con perseverancia y esfuerzo a una vida de santidad.

La sociedad merengue es empalagosa, astuta como la serpiente, diabólica. Presenta como bueno lo malo. Hace ver que no hay pecado, ni condena, ni mal ni bien, porque todo depende de cómo sea valorado. Y así yo me convierto en mi diosecillo de salón en el que mi vida depende de aquello que considero yo oportuno, sin que tenga que tener en cuenta eso que llaman “fardos pesados”. Que no son más que la cruz a la que debemos abrazarnos para seguir caminando.

Nos olvidamos de que estamos de paso y en un valle de lágrimas. Y queremos ya, el paraíso. Pero eso es fruto sólo de ese equívoco permanente de convertir la misericordia en puro merengue.

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Lina Morgan: Agradecidos, emocionados, gracias por vivir

Morir es nacer a la Vida. Y eso deberíamos tener presente para mitigar un poco el dolor de la separación. Los obituarios siempre nos ponen tristes porque perdemos gente a la que amamos. Lina Morgan o Mª Ángeles nos dejan con sensación de vacío. Era una vitalista que entusiasmaba a su público. Una figura de la comedia y el teatro. Una mujer que deseaba hacer feliz a los demás con su arte. Poder hacer reír es un don y una de las medicinas más recomendadas por cualquier médico. La risa, como los abrazos, prolongan la vida.

A ella que se despedía desde el corazón de la Latina con un “Gracias por venir”, sólo podemos decirle “Gracias por estar ahí, por hacernos reír y pasar tan buenos momentos”. Es un misterio que haya decidido irse en soledad, sin querer ver a nadie. Muy pocos han estado a su lado. Pero muchos la llevamos en el corazón. Se confesaba creyente, a su manera, como cualquier artista. Con una fe profunda y personal. Su amistad con el Padre Ángel de Mensajeros de la Paz muestra su carácter más altruista y solidario.

Con sus amigos se mantuvo en contacto a través de la tecnología. Y sólo ellos saben qué le sucedía al corazón de Mª Ángeles para no querer ver a nadie en persona. Tal vez el deterioro físico y también el psíquico supuso un bajón para una mujer a la que ya no le quedaba nadie en su familia. El desapego con sus sobrinos es otro de los misterios que se lleva a la tumba con la misma discreción que ha llevado su enfermedad.

Recibió muchos homenajes y no creo que profesionalmente le quedase nada por alcanzar. Supo ser figura y dama del teatro, del cine y la televisión. Y con la viveza de su mirada nos quedamos recordando memorables tardes y noches de risas y buenos momentos.

Los artistas son seres difíciles, complejos. Llevar la fama con humildad cuesta. El apartarse de los aplausos es un duro trago para quien lleva en las venas el gusanillo de las bambalinas y los escenarios. Pero gracias a la tecnología Lina Morgan seguirá con nosotros. Como tantas otras figuras del cine y el teatro. Que el Señor la acoja en su misericordia.

Perdemos una artista pero queda la creyente, la que ha ido al encuentro del Padre y que deseamos que disfrute de la bienaventuranzas junto a todos aquellos que nos esperan para gozar de la eternidad.

Ella ya ha pasado a ser historia irrepetible y única, como en definitiva cualquier mortal, porque a los ojos de Dios todos somos amados y únicos.

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El Papa Francisco y el pecado

Las puertas abiertas de las Misericordia del Papa Francisco llevan a ciertas confusiones. Por ejemplo a olvidar que el pecado sin propósito de enmienda, sigue siendo una mancha que no se limpia ni con la mejor misericordina. Y llama la atención la frivolidad con la que se trata este tema, hasta leer literalmente sin sentidos como éste: “¿Sabe lo que dice, hermano José Antonio, cuando dice “los divorciados vueltos a casar están en pecado”? ¿Es usted Dios para conocer el corazón del hombre? ¿Es usted la conciencia del divorciado? ¿Quién es usted o yo o el Papa para decir que alguien está en pecado? Ese juicio le corresponde a Dios, y solo cada uno de nosotros, a la luz de la palabra de Dios, podrá discernir la presencia del pecado en la propia vida, no en la vida de los demás”.

La frase se las trae: ¿Quién es usted o yo o el Papa para decir que alguien está en pecado?. ¿Dónde queda el examen de conciencia?.¿ Dónde quedan los mandamientos de la Ley de Dios?. ¿Dónde quedan las palabras de Jesús condenando el adulterio?. Cierto que perdonaba a la adúltera, pero se producían dos procesos paralelos, la necesidad de perdón de la pecadora y el mandato de “ve y no peques más” junto a la absolución de su pecado.

Pero claro en un mundo relativista donde nadie es quién para juzgar el interior del otro, ni siquiera un obispo sabe discernir qué es o no pecado. Ni se considera capacitado para la dirección espiritual, que tiende a apartarnos del pecado y llevarnos por el camino de la gracia. Se ofrece la comunión como una rosquilla sin más. Sin conciencia de que para ello debemos estar limpios de corazón.

Vuelvo a decir que hoy, se da primacía al “no juzguéis y no seréis juzgados”. Pero no se considera la formación moral de los fieles en el arrepentimiento y el deseo de vivir en gracia de Dios. El putrefacto laicismo que nos envuelve paganiza la vida de todos los individuos hasta relativizar cuestiones tan trascendentes como el pecado y la gracia. El infierno y el demonio; los sacramentos y la eucaristía como fuente de salvación.

Hoy se bautiza por costumbre, se da la comunión como acto social, se casa por la Iglesia porque es más bonito y tiene su encanto. Pero se predica poco en qué consiste cada uno de estos pasos decisivos que el cristiano va dando en su caminar hacia la vida eterna.

Seamos sinceros nadie se confiesa del pecado de la ira, aunque destroce con sus palabras a un amigo o familiar. Nadie se confiesa del pecado de la envidia, aunque se reconcoma por dentro como la carcoma. No se pide perdón, porque ni siquiera se tiene conciencia de que la mentira es el padre de todos los males del mundo. Por la mentira entró el pecado en el mundo, por un engaño que azuzó la soberbia.

Está bien hablar de la misericordia y el perdón. Pero no está bien engañar a los fieles, considerando que todo vale, la falta de conciencia, es una falta de escrúpulos que lleva al hombre directamente al precipicio del mal. Que no nos engañen los cantos de sirenas que están tan de moda hoy en día con motivo del Sínodo de la Familia.

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El Ángel de la Guarda

Ha sido gozoso escuchar al Papa Francisco hablar del Ángel de la Guarda. Hablar de ángeles hoy puede resultar anacrónico o demodé. Pero en esto como en todo lo que concierne a la Tradición el Papa lo tiene muy claro. Tenemos un protector a quien dirigirnos y a quien escuchar como una voz interior que nos advierte y nos ayuda en momentos de necesidad. A mí me enseñó mi madre a dirigirme al ángel de la guarda todas las noches y todas las mañanas. Y estoy muy agradecida por ello.

“Ángel de la Guarda dulce compañía, no me desampares ni de noche, ni de día, no me dejes sola que me perdería”. Así de sencilla es la plegaria que me enseñaron y así la recito con plena confianza en su ruego. Ayer celebrábamos la Asunción de María y en la lectura del Evangelio leíamos como se realizaba la aparición del ángel Gabriel a María y su fíat. A lo largo de la Biblia los ángeles son presencias que aparecen en repetidas ocasiones, con objetivo claro como mensajeros de Dios.

Creemos en ellos como creemos en el demonio, como ángel caído. Y sabemos que el Arcángel San Miguel lleva la espada para combatir a Lucifer. Todo ello se escamotea hoy a los niños y pierden la gozosa ocasión de encontrar un compañero de viaje para toda su vida: su Ángel de la Guarda. Espero de los sesudos teólogos que no se hayan cargado la cohorte celestial. Que admitan en el V centenario de Santa Teresa que ésta tuvo una visión de un ángel traspasándole el corazón. Y que muchos otros santos han tenido visiones de ángeles guiándoles en su camino.

Me preocuparía que también desaparezcan los ángeles de nuestro itinerario, sobre todo cuando el más grande misterio de la humanidad: la Encarnación tuvo lugar por mediación de un mensajero divino a una doncella judía. Por eso insisto que me ha gustado esa catequesis del Papa sobre el Ángel de la Guarda. De igual manera veneramos a María y le rogamos e imploramos su intercesión. Alguno dirá que eso son patochadas. Pero es que los católicos tenemos que defender la Tradición y lo nuestro, sin prejuicio de que a algunos les parezcan pasados de moda. La fe se sustenta en la Tradición y en ella María y los ángeles están presentes. Que nadie nos los escamotee.

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Asesinatos y pérdida del sentido de la vida

Dicen que el calor puede alterar el comportamiento del ser humano. Y es evidente que estamos pasando unas oleadas de altas temperaturas. Tal vez se pueda relacionar con la cantidad de asesinatos que este verano gotean como el sudor que perla nuestra frente. Pero me temo que la explicación obedece más a la pérdida del sentido de la vida. Cada día se respeta menos al ser humano. Eso sí, se habla mucho de los derechos humanos, que son precisamente los que nos apartan del decálogo divino. El egoísmo y la falta de escrúpulos se propicia desde todos los ángulos de la sociedad. Y de esta manera vemos como se cercena la vida de los demás. En alguna ocasión puede haber un trastorno mental. Pero este verano el asesinato frío e impune de mujeres, hombres y niños, ha marcado un índice de virulencia especial.

Vuelvo a repetir que se pierde el sentido de la vida, el profundo y hermoso sentido de estar vivos y respirar como un milagro diario del que los creyentes damos gracias cada amanecer. Se pierde el respeto hacia el otro, se fomentan el odio, el egoísmo, la envidia. Y la sociedad amanece que mujeres acuchilladas en la calle, con bebés abandonados en contenedores, con abortos diarios en un genocidio legal que clama al cielo. Se trata de que la sociedad está enferma y contamina a sus miembros.

Una sociedad donde los restos de bebés abortados se usan para hacer cremas dermatológicas, donde se compra y se vende la vida como si pensáramos que podemos hacer lo que queramos. Es una sociedad que ha olvidado que en los albores de la edad de hierro surgió un pueblo con un decálogo y un solo Dios al que rendir culto. En ese decálogo se trataba de contener el mal que habita en nuestras entrañas. Y eso es lo que vino a predicar Jesús de Nazaret mucho después, una fraternidad capaz de perdonar setenta veces siete, que es como decir, siempre. Ofreciendo su vida por nuestra salvación.

Hoy no sabemos perdonar, nos domina la ira, que es un pecado capital para cualquier creyente cristiano. Nos domina la envidia, que es otro pecado capital. El rencor mata el amor, mata la familia, mata a los seres humanos. La avaricia asesina a fetos y los descuartiza. Cuando en nombre de los derechos humanos se defiende el aborto, estamos entrando en una paradoja abismal, hemos perdido el sentido de la vida. Y cuando se asesina por motivos siempre egoístas es porque confundimos nuestros derechos olvidando el de los otros.

Tal vez debamos preocuparnos de que el espectáculo de hoy se encuentra esas ficciones que enseñan a matar, violar, descuartizar, despreciar la vida en toda la amplitud de la palabra. E incluso engañar a la ley, hecha para regular la convivencia. Pero es que cuando no se cree en la Vida, en mayúsculas, aparece inexorablemente La Muerte, con su aspecto más terrorífico y siniestro.

A nosotros como creyentes nos toca orar por la conversión de los pecadores, de aquellos que incluso desconocen que están violando la Vida, matando la Vida. Nos toca enseñar que se puede convivir dominando nuestras pasiones más perversas. Que Jesús de Nazaret nos enseñó a dar la vida por los demás, a repartirla a trocitos. Y ahí es donde de verdad se encuentra el sentido a la existencia, en obrar el bien y en renunciar al mal.

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La persecución de la cruz

El laicismo, hijo de la diosa razón y de la Ilustración, se adueña de las Instituciones. Allí donde hay una cruz se retira en nombre de la separación de poderes. Es curioso la inquina que se tiene al símbolo que representa toda una civilización de miles de años, con lo que conlleva adherida a su piel. Universidades; Hospitales; Centro de cuidados de disminuidos psíquicos; Centros de mayores; catedrales, estilos arquitectónicos y pictóricos, filosofía, literatura. Sería interminable enumerar todo aquello que representa la cruz y lo que hay tras de ella. El símbolo del triunfo del bien frente al mal, no es sólo un símbolo religioso. Y así lo han entendido las instituciones civiles que seguían utilizado la cruz en sus dependencias.

Ahora vienen los laicistas de turno y en el Ayuntamiento de Albalat dels Sorells, se retira la cruz y la guardan en el cuarto de los trastos viejos, al más puro estilo stalinista. Me dirán ustedes que las instituciones civiles no tienen por qué tener imágenes religiosas, pero lo cierto es que no se trata de eso. Las instituciones civiles estuvieron miles de años al amparo de Dios. Sometían su obrar y actuar al juicio de Dios. Eliminado éste por los mal denominados “derechos humanos”. Dios ha sido relegado de la vida civil con las consecuencias que de ello se derivan.

Mientras, en la China comunista, también se persigue la cruz. Pero allí los católicos se abrazan a ella y están dispuestos a morir si fuera necesario. Como anécdota les cuento que yo llevaba un llavero con la imagen de la Virgen de la Salud, era un llavero personal, pero en la escuela pública las imágenes religiosas se persiguen como en la China comunista, cuando por necesidades personales tuve que dejarlo en el colegio, a la vuelta había sido sustraído al más puro estilo estalinista.

Cuando pasan cosas así, una se pregunta si realmente esta sociedad está preparada para convivir con la pluralidad religiosa que nos rodea. El respeto no es arrancar imágenes de los edificios, sino explicar la simbología. El respeto es mantener la libertad de utilizar o no símbolos religiosos para uso personal. Y no pedir que te quites la cruz del cuello. A veces somos como los talibanes que bombardean imágenes icónicas de miles de años. Nosotros lo hacemos al modo moderno y hasta creemos que con estilo democrático. Retiramos las cruces de todas las instituciones. Las vírgenes que protegían las Universidades, los símbolos que unían lo civil con Dios.

Y de esta guisa la sociedad arrincona al Ser Supremo, lo elimina de la vida cotidiana y lo escamotea a los ojos de sus hijos. Quienes deberán vivir la sequía de Dios por imposición. Si continuamos así en los concejos del Camino de Santiago irán desapareciendo las cruces, señales y marcas de un recorrido espiritual que atrae a miles de peregrinos todos los años.

Y no se trata de eso señores. La pluralidad puede convivir con la cruz o con la media luna o con la estrella de David o con un buda. Y las instituciones civiles no pueden olvidar que hay que respetar la iconografía de cada país y región. Sus tradiciones forman parte de la cultura, ya sean procesiones o romerías. Actos religiosos que bendicen actos civiles, son el modo lógico que tiene un cristiano de unir lo humano con lo divino. De conjugar lo sagrado con lo profano. Porque para un cristiano no hay separación de poderes. Es Dios quien lo rige todo.

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Nos hacen falta santos como Domingo de Guzmán

Hoy celebramos la memoria de Santo Domingo de Guzmán. Si por San Francisco de Asís siento una enorme simpatía, por el santo español, fundador de la orden de predicadores, creador del rezo del rosario inspirado por la misma Virgen María, predicador infatigable, siento un inmenso agradecimiento. Ambos santos fueron los pilares en la Edad Media de las ordenes mendicantes. Y reformaron la vida religiosa además de influir en su tiempo de manera prodigiosa.

Hoy necesitamos santos como estos para atravesar la grave crisis de la Iglesia. No hace mucho leía de un teólogo que la Eucaristía fue una cena normal y corriente. Llevamos varios domingos donde el Evangelio habla de la Eucaristía como pan de vida. Y donde Jesucristo es ese pan que nos salva. No entiendo cómo se puede relativizar el misterio de la Eucaristía. Hablando de la reforma de la liturgia para dejar lo sagrado en el baúl de la ropa usada. O inventar prodigiosas merendolas con rosquillas y mantras de dudoso origen, rehusando considerar a la liturgia como algo fundamental que recoge la Tradición y que nos une en la mesa de la Eucaristía.

Nos hacen falta santos que pidan la conversión a los pecadores, como lo hacía Santo Domingo, aunque tuviera que ser expulsado o apedreado de una ciudad. Santos que gemían por las almas que iban al infierno y no dudaban en ayunar para salvarlas.

Personalidades con este fuego y pasión por sus hermanos y Dios, trasformarían la tibieza de muchos creyentes. No se preocuparían más que por la salvación del otro. Pero hoy cuando ponemos en duda el infierno, la condenación eterna, el misterio mismo de la Eucaristía, la Resurrección de Cristo, los milagros de Jesús. Hoy, insisto es más preciso que nunca rogar por la conversión de los pecadores y por la fe de nuestros hermanos.

Nunca ha sido tan necesaria la oración de petición, como ahora. Oración para trasformar los corazones helados por la mundanidad, en corazones de fuego rebosantes de amor a Dios y a los hermanos.

Necesitamos predicadores que agiten el espíritu y lo inflamen de fervor. Y tal vez nos sobren gestores de las bolsas como Judas, que en teoría se dedicaba a dar de comer a los pobres y a repartir según se necesitase. Judas que en el momento supremo optan por traicionar al Señor y venderlo por cuatro monedas, con el fin tal vez de crear una nueva religión, un nuevo orden mundial. No sé bien. Pero hay mucho Judas disfrazado de seguidor de Jesús.

Oremos para que el Sínodo de la Familia no suponga como algunos dicen un cisma. Porque realmente la Tradición recoge lo mejor de los Evangelios, aunque algunos también pongan en duda su historicidad. Y así, dislate, tras dislate. La fe de muchos hermanos se debilita y se deforma.

Que San Francisco y Santo Domingo de Guzmán guíen a otros en su empuje de vivir el evangelio y predicar la Palabra de Dios para la salvación de las almas y para que el Reino llegue a todos los corazones. Solo Dios basta, como decía la santa abulense. Nos sobran los falsos profetas.

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